CAPÍTULO 17. El guardián de la fuente

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—Shh —le susurró Perséfone debajo de su capa antes de que Hades pudiera decidir cómo reaccionar.

Hades tenía los ojos abiertos, totalmente estupefacto. Enderezó el cuello hasta que alcanzó su máximo cuando sintió el peso de Perséfone sobre su espalda.

—¿Dónde estás, Perséfone? —Apolo había llegado al patio y miró a su alrededor hasta encontrarse con Hades en la fuente de la pérgola. Palideció al instante—. Su... su Majestad —hizo una solemne reverencia, totalmente perturbado—. Disculpe, no sabía que se encontraba aquí —había cierto grado de miedo en su voz—. Hermes no anunció su llegada. De haberlo hecho... yo...

—De haberlo hecho no estaría aquí, ya que de ser anunciado habría encontrado la misma causa que me hizo desatender mis asuntos —respondió lentamente. Tenía la voz tan áspera como el sonido de una sierra en el bosque—. ¿Dónde está Hermes?

—No lo sé —musitó.

Hades no dijo nada ni apartó su platina mirada. Apolo no se atrevió a hacer contacto visual y la situación se prolongó hasta que el artista decidió hablar:

—Iré... iré yo mismo a buscar a Hermes —hizo otra reverencia y retrocedió varios pasos. Después, marchó apurado por el mismo lugar por el que vino.

—Ya puedes salir de ahí —dijo Hades cuando Apolo desapareció—. Al menos que tengas más pretendientes de los que deseas que me deshaga.

Perséfone rio algo divertida y con las mejillas acaloradas salió de la oscuridad de su capa.

—Gracias —le sonrió, sentándose a su lado—. ¡Me has salvado de uno de los peores aburrimientos del mundo!

—¿Apolo el peor de los aburrimientos? —Hades arqueó las cejas—. Debo confesar que es la primera vez que oigo a una dama quejarse del entretenimiento que ofrece Apolo.

—Debe ser que sólo lo escuchan mientras está cantando —Perséfone puso los ojos en blanco, segura de que la belleza de Apolo y sus muchos talentos no compensaban su egocentrismo hiperbólico.

Hades le respondió con una sonrisa discreta, pero parecía genuina. Después, regresó su atención a las aguas de la fuente, volviéndose a perder en ellas.

Sin las prisas de huir, Perséfone pudo apreciar la belleza arquitectónica del patio. Estaba acostumbrada a los jardines de su madre con aquella naturaleza rustica en sus construcciones y a la indómita naturaleza agreste de los bosques de Artemisa, sin embargo, jamás en su vida había visto estructuras tan complejas como aquellas.

El arrullo del agua era agradable e incitaba a Perséfone a cerrar los ojos. La hierba y las flores se abrieron camino entre las juntas de las baldosas del blanco mármol, y el musgo comenzó a crecer alrededor de la fuente.

Por un instante, olvidó su agobio por las atenciones de Apolo, de ver a Hermes, del ataque de Ares o de su madre. Se olvidó de las cosas que anhelaba y de las cosas que odiaba. Una gran tranquilidad la envolvía, y estaba segura que se debía más a su acompañante que al lugar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Hades, de pronto—. ¿No deberías estar con Artemisa en el bosque de Altesina?

Aunque nada en su voz o en su rostro daba indicios de que realmente le interesase, Hades no era de los que necesitaba hablar para llenar el silencio.

—Me rebelo contra la voluntad de mi madre —bromeó ella, mostrándole una amplia sonrisa, y golpeó ligeramente su hombro con el suyo.

Hades miró el gesto, aún le sorprendía que no dudase en crear contacto físico con él. 

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora