Esa misma tarde, la luminiscencia de los árboles subterráneos derramaba sus luces sobre el patio de armas del Bastión del Cielo Invertido pintando el suelo de piedra con una paleta de tonos azules que recordaba a la superficie del lago Pergusa. Perséfone, radiante y vigorosa como el propio sol, estaba de pie junto a Aetón. Estaba decidida a enseñar a su amiga los secretos de la monta.
Menthe, por su parte, se mantenía aferrada al brazo de Dolos de tal manera que parecía que sin su sujeción se caería al suelo desmayada. Sus ojos rasgados como las hojas de sauce miraban la imponente figura de Aetón del mismo modo que miraría a Cronos en las profundidades del Tártaro.
La bestia equina relinchaba y sus patas acabadas en garras de dragón golpeaban el suelo con un ritmo de tambor, impaciente por ser sabedor de la energía inquieta que flotaba en el aire.
—Ven, Menthe —la instaba Perséfone con entusiasmo mientras ajustaba las riendas y preparaba el estribo—. La libertad te espera sobre el lomo de Aetón. No hay mayor sensación en el mundo.
Pero Menthe se encogió ante la mención del nombre de Aetón, sintiendo el terror crecer en su pecho como una sombra oscura y se agarró más fuerte al brazo de Dolos.
—No... no estoy segura, Perséfone. No sé si puedo hacerlo...
—Sube, Menthe, no temas a Aetón. Te prometo que no te hará daño. —Perséfone se acercó de un saltó y tiró de la mano de Menthe para animarla a tocar al caballo infernal. Menthe soltó un gritito de susto y aferró al brazo de Dolos con tanto ahínco que podría arrancarle trozos de carne.
—¡N-no! ¡Me da miedo montar! —gimoteó con voz temblorosa, apenas un susurro en el aire tranquilo —. No puedo hacerlo.
Menthe la miró implorante a los ojos, su corazón latía con fuerza en su pecho. Perséfone le sostuvo la mirada con confianza y su determinación no se vio afectada.
—¡Claro que puedes, yo te enseñaré! ¡Confía en mí! Te aseguro que una vez que te subas a Aetón, descubrirás un mundo de posibilidades que nunca antes habías imaginado.
Dolos había observado la escena con una preocupación creciente, consiente que la montura sería una empresa temeraria para Menthe, cuya delicadeza contrastaba con la ferocidad del corcel.
—Perséfone, no creo que sea una buena idea —decidió intervenir—. Aetón es demasiado bravo para Menthe.
—¡Dolos, por favor! —Perséfone negó efusivamente con la cabeza y su cabello se convirtió en un huracán en llamas—. Aetón ha sido mi primer y único caballo, con él aprendí. No hay nada de qué preocuparse. Artemisa me enseñó que el espíritu en calma reside en un cuerpo fuerte y sano. Y cabalgar es un excelente ejercicio.
Dolos se encogió ligeramente bajo la mirada penetrante de Perséfone, sintiendo el peso de su desaprobación.
—Lo siento, Perséfone —murmuró con humildad—. Pero Menthe no eres tú. No tiene tu entrenamiento, no puedes pedirle lo mismo que te exiges a ti.
—Artemisa nunca se anduvo con rodeos —replicó la pelirroja con firmeza—. Ella siempre fue directa y franca en sus enseñanzas, y así es como yo también quiero ser.
Menthe los miró con aprensión, sintiendo una oleada de pánico recorrer su cuerpo. No estaba preparada para lo que le pedía, no estaba lista para enfrentarse al desconocido galope de Aetón. Pero su timidez le impedía expresar su miedo abiertamente, y se quedó en silencio.
Dolos interceptó su mirada, leyendo el miedo en sus ojos.
—Por favor, Perséfone —insistió con suavidad—. No presiones a Menthe. Ella necesita tiempo para superar su miedo.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
