CAPÍTULO 47. La última noche.

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—¡Hermes! —Perséfone se acercó rápidamente, llena de emoción al verlo—. ¡Cuánto tiempo desde la última vez!

—Hola, Perséfone —musitó él.

La falta de alegría en su expresión alertó a Perséfone de que algo no andaba bien: Hermes lucía serio y preocupado, y estrujaba el pergamino en sus manos como si odiase la noticia que lo acompañaba.

Al lado de Perséfone, Hades lo recibió con formalidad, aunque estaba claramente molesto por la interrupción:

—¿Qué quieres Hermes?

Hermes miró al rey con la preocupación esculpida en cada curva infantil de su cara. Inseguro de cómo abordar la situación, se acercó lentamente.

—Siento interrumpir, Su Majestad, pero traigo un mensaje del gran Anax que exige ser entregado con prontitud.

—No es un buen momento, Hermes. —Hades sonó frío y cortante cuando lo despidió con la cortesía debida a un subordinado—. Estamos en medio de las fiestas de las Necysias. Lo que sea que quiera mi hermano puede esperar a después de la Ascensión.

—No deseo molestar en estas fiestas, Su Majestad, pero esto es urgente —suplicó Hermes, claramente nervioso.

Perséfone sabía que no era del agrado de Hermes tratar con el rey del Inframundo, y siempre que podía se escaqueaba de sus obligaciones, pero aquel nerviosismo en él parecía distinto. Hermes no se comportaría así sin una buena razón. Una punzada de miedo estaba comenzaban a perforarle en el corazón, temiendo lo peor.

—Conozca la naturaleza de sus urgencias —dijo Hades con tono impaciente—. Como he dicho, ahora mismo no tengo tiempo para atender sus asuntos. Vuelve más tarde.

Pero Hermes no se dejó intimidar.

—La orden es clara, Su Majestad. Debo entregar este mensaje sin demora.

Era evidente que su insistencia no fue bien recibida por Hades, que frunció el ceño y tensó la mandíbula, pero a la postre accedió.

—De acuerdo —concedió finalmente. Miró a Perséfone y besó su mano con ternura —. Ve a disfrutar de la fiesta, Perséfone. Hablaré con Hermes en privado.

Perséfone asintió con tristeza y se alejó, presa de una inexplicable inquietud. Mientras se alejaba, echó un último vistazo a Hades hablando con Hermes en voz baja, con una expresión grave.

Perséfone se deslizó de vuelta a la orilla del Aqueronte, donde la fiesta aún seguía en pleno apogeo. El aire estaba lleno de risas y música, y la hoguera ardía con un resplandor alegre y naranja. Los seres extraños y siniestros danzaban en círculos, con sus máscaras grotescas y sus vestimentas oscuras y ornamentadas. Mientras el pueblo se entregaba al frenesí  festivo, los dioses de la corte del Inframundo permanecían sentados solemnemente en una tarima, observando con seriedad y atención. Entre Érebo y Aqueronte estaba el trono de Hades vacío, aunque nadie parecía notar su ausencia.

Con el palpable malestar en su pecho, Perséfone se sintió repentinamente sola en medio de la multitud. Pero entonces, una voz conocida rompió el silencio que la envolvía. Era Menthe, llamándola para unirse a ellos. Perséfone se giró y vio a sus amigos: Dolos y Flagetonte se tambaleaban alrededor de la hoguera con los rostros sonrojados, tenían una botella de vino y una pipa humeante que se iban pasando el uno al otro, riendo a carcajadas y abrazándose, mientras que Menthe, con una mezcla de preocupación y diversión, intentaba controlarlos. El alivio inundó a Perséfone y supo que la palabra amigos era apropiada. Era más que apropiada, era la correcta. Y quiso genuinamente ser parte de esa amistad, aceptar ese cariño que le profesaban. Se acercó a ellos con paso seguro.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora