CAPÍTULO 53. Una flor sin espinas

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AVISO CON ALTO SPOILER DE CONTENIDO SENSIBLE: el siguiente capítulo navega por aguas turbias en las que se abordarán temas que pueden resultar desencadenantes o perturbadores para algunos lectores. Por favor, ten en cuenta los siguientes elementos sensibles presentes en la trama: cosificación del cuerpo, problemas alimenticios, body shaming, abusos emocionales y verbales, así como la presión, la discriminación y la marginación social; también la exploración de personajes que luchan con la autoestima, la sumisión y la incapacidad para tomar decisiones sobre sus propias vidas. Si alguno de estos temas es sensible para ti o si durante la lectura sientes pensamientos intrusivos, por favor, no continúes leyendo. ¡Tu salud es lo más importante!


Del mismo modo que una flor no puede elegir su color, Menthe nunca tuvo opción de ser otra cosa que lo que era. No había nada que hubiese podido hacer para cambiarlo. De haber tenido otro carácter, quizá habría sido lo suficientemente resuelta para soltar las manos de los dioses que la llevaban, desafiando cualquier temor a las consecuencias y desentendiéndose de las expectativas ajenas. Sin embargo, hasta los seres inmortales estaban moldeados por las fuerzas de la Creación, el Caos y el Destino, y ella siempre vivió con miedo a que, si no recibía la aprobación de otros, no era merecedora de existir.

A los seis años, ya fue demasiado tarde para ella. 

El palacio de Cocito había quedado prácticamente en ruinas después de la Titanomaquia y los sirvientes, que eran escasos y valiosos, habían permanecido al lado de su padre porque no tenían un techo bajo el que cobijarse o por pura lealtad a su señor. Sin embargo, a pesar de eso, Érebo tenía grandes planes para aquella humilde casa, y su padre hizo llamar a Menthe a su despacho para que la Sombra del Inframundo la viese. Había visto en su hija una oportunidad única para asegurar un porvenir a su familia. Era la cuarta de los cinco hijos que Cocito tuvo con su primera esposa Tilia, después de tres hermanos y antes de su hermana Górgina. Pocas deidades femeninas lograban el estatus de diosas, la mayoría vivían toda su inmortalidad como ninfas y no tenían derecho a territorios ni dominios propios; la única utilidad que podían poseer como hijas para un padre era a través de matrimonios concertados que hiciesen prosperar a su familia. Górgina ya había sido prometida ese mismo año a su tío, el océanido Aqueronte.

El senescal le dedicó un largo rato a inspeccionar a la niña desde múltiples ángulos. Primero, escudriñó su nariz, luego sus dientes y orejas. Estudió cada hebra de su cabello: su brillo, la densidad, la longitud y la fortaleza que exhibía. Midió su estatura de cabeza a pies, tanteó la diferencia entre sus caderas y su cintura, comprobó sus piernas y le miró debajo de los brazos. Luego, la giró y le examinó la espalda. Le hubiese examinado los pechos con el mismo detalle de tener algo que mirar ahí. Menthe, atónita, apenas se atrevía a sostener su mirada por la vergüenza.

Para ser tu hija, mi señor Cocito, la niña tiene mucha tierra dentro de ella —había sentenciado Érebo cuando no hubo nada más que mirar.

Para Menthe, aquella afirmación no sólo era lógica, también esperable: desde siempre se había parecido mucho a su madre y apenas nada a su padre o a sus hermanos, y  Tilia era una hermosa dríade, tan arraigada a la tierra como los primeros árboles que nacieron de la semilla de Urano.

—¡Por eso es perfecta, mi Excelencia Sombría! —repuso su padre, con esa sonrisa que esbozaba sin quererlo cuando estaba seguro de que el trato ya estaba sellado a su favor—. Una compañera hecha de tierra; fértil, estable, fuerte y segura.

—La tierra también es maleable si se junta con agua.

—Entonces, usa tus manos en esta pequeña de arcilla y, cuando hornee, será tu vasija perfecta.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora