El sol de la mañana caía a través del tupido follaje de las ramas extendidas sobre su cabeza, creando un juego de luces y sombras que danzaban en el suelo y, más allá, se abría el campo de rosas doras de Cloris, con sus filas ordenadas y perfectas, como un ejército rindiendo homenaje al orgullo y la vanidad de Hera. La diosa de los jardines las había creado para aplacar la ira de la reina después de que perdiera su ansiada manzana dorada ante Afrodita en el juicio de Paris, pero ni siquiera aquel mar de oro que brillaba como pequeñas perlas de sol bajo el esplendor de Helios había evitado que se desencadenase la guerra en Troya como represalia.
Perséfone vagaba por los jardines de la Fortaleza Diamantada, sin nada que hacer, y de tanto en tanto se detenía a refrescarse en las fuentes que formaban fugaces arcos iris en el aire. Tenía la impresión de que no podía hacer nada que no hubiera hecho ya mil veces antes. En lo más alto del Olimpo, el cielo no tenía nubes ni los caballos del señor de los vientos Eolos trotaban haciendo que las brisa arrancase murmullos de las hojas. La uniformidad y vastedad de su aspecto le disgustaba y no pudo evitar despertar su magia para teñir el paisaje verdoso de tonos ocres, despertando el otoño a su alrededor. La calidez de los rojos, marrones y amarillos envolvieron las rosas doradas creando un aspecto más amistoso y rustico, como si supieran los secretos que yacían en su corazón.
Luego, su mirada se encontró con la figura imponente de Helios.
—No estoy seguro de que la reina apruebe esto.
—¡Que le den a la reina!
En circunstancias normales jamás habría hecho un comentario tan ofensivo sobre ella, ¡menos en sus propios jardines dorados! Pero la espera la tenía ansiosa. Su mirada se desviaba constantemente hacia las imponentes puertas de la Fortaleza Diamantada, donde Zeus y Hades debatían su futuro. Parecía suspendido en el aire, y cada segundo la atormentaba como un varazo que no cesaba. «Hades debe convencerle, tiene que hacerlo». Solo de esa manera, pensaba ella, su madre y Ares se verían obligados a aceptar a dejarla ir.
—La paciencia es una virtud, querida muchacha —dijo Helios—. El tiempo siempre revela la verdad.
Aunque sus palabras se revestían de dulzura y aparente preocupación, Perséfone no podía evitar sentir rechazó en su consuelo. Como un intrépido espía de la corte olímpica, Helios parecía guardar secretos en las profundidades de sus ojos avizores.
Flagentonte y Tanátos, silenciosos guardianes de la espera, los acompañaban y ella anhelaba la libertad de poder expresarles sus sentimientos sin la constante vigilancia de Helios. Perséfone había vivido toda su vida inconsciente de que los árboles, los ríos y los vientos llevaban consigo susurros y secretos a los oídos del magíster. Sus palabras se convertían en una moneda de intercambio, un medio para transmitir información a Hera.
Se preguntó lo qué habría significado para él que Dolos la hubiera protegido desde que nació de la vista de sus dorados ojos.
Como si leyera en ella, Flagetonte se acercó a Perséfone y le guiñó un ojo con picardía.
—No te preocupes, mi señora —dijo—. Si Nuestra Majestad logró someter al mismo Tártaro, sabrá como convencer a su hermano.
Perséfone sólo pudo sonreír, agradecida por su carácter irreverente. Sabía que, aunque a veces fuera difícil de manejar, el joven terrateniente era capaz de encontrar la ligereza incluso en los momentos más tensos.
En ese momento, llegó a sus oídos la voz de su madre.
—Confiemos en que nuestros Señores sabrán cómo abordar esta delicada situación.
Se giró, y la vio como si se tratase de una aparición. Con su peplo de colores neutros, su cabello rojo entretejido con perlas y su velo diáfano, le pareció que la majestuosidad de su madre era más digna de una reina que la de la misma Hera.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomansaHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
