Los dedos de Artemisa eran diestros trenzando las flexibles ramas de mimbre. A su alrededor, sus perros se arrebujaban bajo el manto de las copas de los árboles. El viento otoñal traía consigo historias sobre un zorro que había tenido suerte en su caza y llevaba una liebre grande y gris a su madriguera para alimentar a su pareja y a sus dos cachorros. El otoño era la época de los animales salvajes.
Terminó su cesto y sospesó con las manos la calidad de su tarea, sintiéndose satisfecha con el resultado. Era perfecta para recolectar bayas y setas. Esperaba que, esta vez, no acabase convertida en una maceta para las flores aromáticas que cultivaba Mérope en el porche de la cabaña. Estaba cansada de tejer cestos cada dos por tres.
Las ligeras canciones del bosque se extinguieron de pronto, incluso la brisa se contuvo, y el latido de la vida en todas sus formas guardó silencio para honrar sus respetos a la niebla que surgió de entre los árboles, densa y oscura. Artemisa soltó un suspiro entrecortado, liberando una nube de vaho en el gélido aire que mordía su piel hasta los huesos y cubría las hojas caídas de escarcha.
Sus perros se agitaron inquietos, olfateando el aire impregnado de un mal augurio. Lélape y Aellos metieron el rabo entre las piernas y lloriquearon, agazapándose en la tierra como si quisieran hacerse más pequeños; mientras que Agreunte comenzó a gruñir por lo bajo, tomando posición defensiva ante el resto de la manada.
El sol se ocultó detrás del espeso manto de niebla. Se deslizaba entre los troncos y las ramas, envolviéndolo todo en su abrazo fantasmal. Su aliento helado teñía cada rincón de escarchas y las sombras cobraron vida, danzando en los bordes de su visión. Susurraban palabras ininteligibles, antiguas y prohibidas para los vivos. El sonido era demasiado familiar. Igual que la niebla. Nacía de las entrañas de la tierra.
Una sensación abrumadora y ancestral se apoderó de la cazadora, sabedora del poder que vagaba sobre su dominio. Sin vacilar, sin cuestionarse, se arrodilló en las hojas congeladas, con la reverencia a lo desconocido, a lo temido. Y el miedo siempre despertaba en ella fascinación y respeto.
El Invisible apareció de repente, como engendrado por la bruma. Montaba una criatura equina de pesadilla, tallada en escamas negras que, con cada respiración, sus hendiduras se abrían y cerraban, mostrando la lava incandescente que ardía en sus entrañas. La ijada le ardía en unas crines de fuego fatuo y sus pezuñas, terminadas en garras afiladas, dejaban huellas ardientes en la tierra congelada.
Artemisa cerró los ojos y su cabello pardo y adornado con cuencas, plumas y trenzas, se derramó en cascada sobre sus hombros mientras sus perros se removían, inquietos, a su espalda. Sintió una mano de dedos largos y fríos, como solo la muerte podía ser, rozar su hombro y algo le susurró: «levanta la cabeza, Señora de las Bestias, y mira lo que no se puede ver». Impelida por ese mandato, obedeció.
Demasiado lejos para que hubiera sido de él aquel toque, el Invisible era una figura que se fundía borrosa con los pliegues de la oscuridad; pero, sus ojos de acero pulido eran capaces de atravesar la densa niebla como estrellas en combustión, brillantes e inhumanos.
Detrás de él, emergió de la penumbra la figura etérea de una ninfa de rizados y bruñidos cabellos, como llamas de otoño que danzan al viento, cabalgando su propia bestia.
—¡Maestra! —En un salto ágil, desmontó y corrió hacia ella con una alegría desbordante. Su largo quitón flotaba a su alrededor, sedas tejidas del dorado y rojizo de las hojas caídas, y arrastró la oscuridad y el frío con ella, recordándole al bosque cómo respirar.
Casi en el instante en que se levantaba del suelo, Artemisa recibió el efusivo abrazo con sorpresa, y tuvo que tensar los músculos de sus fuertes piernas para no caer derribada. Aunque la sostuvo y sintió el afecto en el gesto, su corazón estaba lleno de preguntas no formuladas, verdades no dichas y sentimientos encontrados.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
