Ares subió las escaleras de caracol de tres en tres con sus largas y fuertes piernas, arrastrando por el cuello de la túnica a Hermes, que flotaba detrás de él. Hefesto lo aguardaba en el último tramo, grande y jorobado, como una horrenda gárgola vigilante en lo más alto del Torreón del Cielo.
Le abrió la puerta de la alcoba de su prometida, Ares entró con brusquedad y ahí estaban todos los que no deseaba ver: su hermana Hebe sentada en la silla de ciprés blanco compungida, plegada sobre sí misma; a su lado, Afrodita lo esperaba de pie, elegante y digna, como si posará para un artista; y tumbado sobre la piel de oso en el suelo al lado del brasero estaba Apolo, degustando los pastelitos de limón que aún quedaban sobre una bandeja. Pero no había rastro de la cabellera ígnea de la hija de la Señora Anesidora Deméter.
—¿Dónde está? —demandó Ares, opaco, despacio y peligroso. Inmóvil, en el umbral de la puerta. Olisqueaba la habitación.
Ares era un animal de caza, con reacciones desproporcionadas e injustas, pero normalmente esa cólera desaparecía tan pronto como aparecía. Esa noche, la ira borbotaba imparable y esa rabia lo legitimaba como el hijo de Hera, una rabia sedienta de una venganza difícil de saciar. Hirviendo. Queriendo culpables. Pensando en lecciones. Oliendo la sangre. Más alto de lo normal. Más grande.
Hermes se deshizo de su agarre y voló hacia la compañía de sus amigos, acomodándose la ropa. Intercambió miradas con Apolo. Su amigo le preguntaba con aquella telepática hermandad que les unía si él había tenido algo qué ver y Hermes le aseguró con un leve deje que no tenía ni idea de lo que había ocurrido.
—¡¿Dónde está mi prometida?! —repitió Ares, alzando la voz.
Contuvieron el aliento un segundo, esperando que aquello que se removió en las tripas se calmase. Fingiendo una serenidad que no tenía, Afrodita se encogió de hombros, gesto habitual en ella cuando no quería dar explicaciones.
—¿La criatura salvaje? —preguntó como si no supiera—. Hermes ya te lo ha dicho, ¿verdad? Se ha ido.
—¡Eso es imposible! —gritó Ares arrancando los doseles de la cama, como si esperase encontrarla ahí tendida para él—. No dejaré que me humillen.
—¡Cuánto drama! —se mofó Apolo, sirviéndose una copa de vino—. Habrá ido a anunciar a su madre el feliz enlace. ¡Una chica siempre necesita a su madre al lado para estas cosas!
Ares bajó la mirada y lo observó arrugando la nariz, con un rictus hierático en la cara y una mirada tan hostil que supuraba desprecio. Nadie podía ignorar esa expresión, salvo Apolo.
—¿Qué haces tú aquí? —desdeñó.
Con un puntapié certero en el codo de Apolo, le desestabilizó y la copa se derramó sobre su pecho antes de que lograra beber. Apolo meneó la cabeza, pero igualmente no perdió su humor y le dedicó una sonrisa que puso en peligro la tolerancia de Ares.
—¡Debo estar presente en estos momentos tan críticos para empaparme de la tragedia y poder haceros la mejor de las gestas que cante sobre vuestro amor, Ares, en día del casamiento!
—¡Apolo! —le amonestó Hebe, terriblemente contrariada con la situación—. Ya es bastante terrible la desaparición de su prometida, no necesita de tus bromas ahora.
—¡Su prometida no ha desaparecido, querida! —suspiró Afrodita—. Se ha ido, es distinto.
—E... ella sola jamás podría haber salido de aquí —juró Hefesto con gravedad, tratando de mantenerse erguido en su retorcido ser.
Ares miró a Hefesto con atención. Su deforme hermano mayor no era un inmortal valiente en ninguno de los sentidos en los que se puede ser valiente, pero sí era un dios seguro de sus dones, y no dejaría que nadie dudará de ello. Con sus sellos mágicos había encerrado a los mismos reyes del Olimpo en sus tronos de oro cuando regresó del exilio para reclamar su lugar como príncipe de los cielos al lado de Ares y sus tres hermanas. Incluso él mismo conocía bien su poder, lo había vivido en carnes propias cuando Hefesto lo atrapó con aquella red mágica al descubrirlo yaciendo con Afrodita.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
