CAPÍTULO 44. El rey Salmoneo.

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De pronto, llegó el otoño.

Los días estivales en el Inframundo se habían convertido en semanas, y las semanas en meses. El verano quedaba atrás para dar paso al otoño y Báratro entera estaba agitada con los preparativos para las Necysias.

En la superficie, las Necysias no eran precisamente fechas festivas: eran días de solemnidad y austeridad, en los que se purificaba el cuerpo y el alma a través de la abstinencia, la castidad y la reflexión. Se rezaban oraciones al rey del Inframundo para que fuese benevolente en sus juicios y se entregaba la mitad de las ganancias del mes en sacrificios a las almas de los fallecidos. Los templos se cerraban y se guardaba confinamiento en las casas mientras el mundo de los muertos tuviese abiertas sus puertas al de los vivos.

Aunque por la decoración que se podía ver en las calles, Perséfone intuyó que lo que iba a ocurrir en el Inframundo sería mucho más grande, mucho más alegre y mucho más emocionante.

Las sombras de los muertos preparaban hogueras para encenderlas en la noche víspera a las Necysias, antes de su ascensión. Hades le explicó que las almas fundirían cera en las hogueras para confeccionarse máscaras con las que obtener de nuevo el rostro que tuvieron en vida y que perdieron por la mediocridad de sus existencias.

—Por el contrario, los héroes, los justos y los sabios nunca pierden su rostro. —A lomos de Orphanus, Hades le hablaba del otro gran amor de su vida: el Inframundo. Lo único vivo que se veía bajo la sombra de su capucha eran sus ojos, muy brillantes en la profundidad. Se había escapado de sus obligaciones para invitarla a pasear la ciudad a caballo y disfrutar del ambiente festivo—. Son amados con tal pasión que el eco de sus nombres aún resuena tras la muerte. Pero, ésos son los menos. Por lo general, la mayoría de almas deben conseguirse un rostro de cera. 

Embozados en una capa negra y con las capuchas cubriéndoles los rostros, pasearon horas juntos, dejando que los caballos avanzasen a placer por la ciudad. Estaban preparados para coger caminos misteriosos e imprevistos si las calles le conducían a ello. Incluso cuando Perséfone ya dominaba la distribución de las islas que conformaban Báratro y podía ir del Puente de las Almas hasta el templo de las lámpades, llegar a la plaza del comercio y volver a la laguna Aquerusia con seguridad, había sitios que jamás podría descubrir y, si los descubría, tal vez no volvería a verlos nunca más.

Fueron aquellas unas jornadas bulliciosas y atareadas en el Bastión del Cielo Invertido, muy diferentes de los primeros meses de rutina y quietud a los que se había acostumbrado bajo su techo. Aunque siempre había visitantes esperando una audiencia con el rey o con el senescal, los ctónicos eran seres sigilosos. Pero el usual silencio que imperaba había sido sustituido por voces, pasos inquietos y un júbilo expectante.

Todos estaban agitados porque era la primera vez en muchos, muchos años que el rey celebraba una fiesta en su castillo. Anaideia y Eleos pasaban los días enteros correteando por el Bastión, profundamente implicadas en la organización de la fiesta real, para el desespero de su señor padre. Todo eran contradicciones y correcciones a las elecciones que Érebo hacía, demasiado sobrias y ceremoniosas para los resplandecientes deseos de las gemelas. En cambio, las gemelas le habían pedido expresamente a Perséfone que llenase el bastión entero con alfombras de flores, que cubriese las paredes de hojas de madreselva y que del techo colgasen enredaderas donde colgar cintas, serpentinas, campanillas y farolillos.

—Ésta será la primera fiesta a la que asistamos —dijo una de ellas, que podía ser Anaideia o Eleos—. ¡Será nuestro debut en la sociedad!

—¡Y en el mismo bastión, patrocinado por el propio rey! ¡Seremos la envidia de todas las muchachas! —rio ladina la otra, y Perséfone supo que, por la malicia del comentario, debía ser Anaideia.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora