—¡Perséfone!
La voz de Leucipe resonaba a través de los matorrales, la llamaba angustiada como siempre ante las reprimendas de Deméter. Por el tono de su amiga, Perséfone supo que era hora de volver.
—Tu niñera te reclama —dijo Artemisa, asegurando su aljaba a la cintura.
Perséfone sintió que sus mejillas enrojecían con el eco de las llamadas insistente de Leucipe, como una mano que tiraba de ella de regreso a la tierra. Le avergonzaba de una manera que no sabía explicar. Y odiaba que sucediera delante de Artemisa. La cazadora, que desde su nacimiento había sido la inmortal más solitaria de entre los dioses, no podía entender esa sumisión hacia su madre y, de ninguna forma, la aceptaba.
Quiso ser inquebrantable como ella, desoír a Leucipe y rebelarse contra su madre para poder seguir entre los árboles. No quería volver a los jardines, donde Deméter la transformaría en un ratón y la guardaría en la jaula, oculta del mundo, de la vida.
Pero, otra vez, Leucipe volvió a llamarla, y toda su rebeldía se vino abajo.
—¡Vamos, Perséfone! —voceaba desde los límites del jardín con un revoloteo de ansiedad—. Hoy tenemos que volver pronto, ¡ya lo sabes!
Artemisa le echó una mirada, parecida a la comprensión, pero más cercana a la lastima.
—Ve —ordenó—. O la gran Anesidora castigará a esa pobre desdichada.
Perséfone asintió con retraimiento, le entregó su arco y recogió una guirnalda de lirios. Después, echó a correr hacia los límites del bosque, donde le esperaba la medrosa océanide. Estaba inquieta ante su tardanza.
—¿Dónde te habías metido? —la amonestó Leucipe—. Se supone que ya deberíamos haber vuelto hace mucho, ¡ya es tarde! Tu señora madre estará muy nerviosa.
Si su madre estaba nerviosa, todas las melissaes lo estaban.
Según se adentraron en el jardín de Enna se podía ver el océano dorado de los campos de trigo, agitados por la fresca brisa primaveral como olas espumosas arrastradas a la orilla. Su madre, una rosa roja en el sol derretido de sus tierras, hablaba con Melisa. Bajo su atenta supervisión, las melissaes transformaban la tierra en barbecho, araban en anchos surcos, sembraban, escarificaban, escardaban y clareaban la tierra para que Deméter hiciera crecer las cosechas al caminar con sus pies descalzos por ellas.
—Dame un beso, niña —dijo Melisa cuando Perséfone corrió entre risas y juegos hacia ella.
Por razones ya olvidadas en la historia del hombre, Melisa se había negado a bañarse en las aguas de la juventud como los demás dioses, por lo que mantenía su inmortalidad a base de su propio poder, con el aspecto de una anciana marchita. Aun así, para Perséfone era hermosa. Llevaba el cabello canoso sujeto en un recogido alto que la hacía verse esbelta y recta, aunque tuviera una baja estatura. Olía a aguas con flores y tenía el porte místico de una bruja de los bosques.
Perséfone la besó respetuosamente en la mejilla y le entregó la guirnalda de lirios que había hecho florecer para ella. Le tenía un gran cariño; había sido su aya y, a pesar de su mal genio, Melisa siempre guardaba un poco de dulzura para Perséfone.
—Eres una ternura, niña —Melisa tomó la guirnalda sonriente, y le pellizcó en la mejilla.
El carraspeo de Deméter interrumpió el momento y Melisa hizo una reverencia a su señora antes de deslizarse a un lado, para atender a las ninfas. Con la mirada enfurecida, Deméter esperó a que Perséfone se acercase a ella, azorando entre sus manos unos tallos de espigas.
—Dime, hija mía, ¿tan mala madre soy para que te divierta desobedecerme? ¿Acaso me merezco tu osadía e insubordinación? ¿En qué habíamos quedados sobre ir con Artemisa? Dijimos que estarías aquí al mediodía, preparada.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
