CAPÍTULO 43. El dolor de una madre.

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El banquete era soporífero. Ares nunca lograba disfrutar demasiado de los excesos que tanto le gustaban a los olímpicos. Las copiosas comidas lo hacían sentirse pesado mientras que el vino nublaba su mente, algo que odiaba más que nada en el mundo. No soportaba cuando perdía el control sobre sí mismo; la violencia era algo fascinante, un diamante al que había decidido entregarse en cuerpo y alma para pulir y sacar todo su esplendor, pero tal poderosa arma, sin control no servía de nada.

El aire estaba cargado del olor a carne de cisne asado y a castañas con miel. El fuego ardía humeante en las antorchas que colgaban en sus apliques de hierro, los coloridos emblemas de las casas inmortales adornaban las paredes y el estrépito de los cubiertos competía con el murmullo de cientos de conversaciones ebrias de los comensales tumbados en divanes, con las piernas extendidas y el torso apoyado en enormes almohadones, mientras los sirvientes colocaban los cuencos y fuentes llenas de comida en mesas bajas.

Corría la cuarta hora del festín que homenajeaba la victoria de Atenea. Menos Hebe, que correteaba de un lado a otro con su cáliz dorado para llenar las copas, genuinamente feliz de poder contemplar el banquete, los heredios ocupaban divanes asignados al lado del anax, en el estrado donde se homenajeaba a la Favorita. Como la simposiarca, la reina del banquete, estaba coronada con una guirnalda tejida de ramas de laural de oro y flores de plata de mirto, y Apolo y Hermes le ofrecían canciones, adivinanzas y bromas que despertaban risas y aplausos entre los invitados. Pero la glaucopis no había cambiado su cara de asco desde que entró en la sala principal para ser agasajada por los reyes.

En el estrado también estaba el nuevo capricho de su padre, para disgusto de Hera. Un muchachito de no más de quince años que aún vestía el quitón de kuros, muy peripuesto. Se llamaba Ganimedes, y Zeus había mandado a su águila Aetos a Frigia para raptarlo, mientras el muchachito pastoreaba. Tuvo la desfachatez de instalarlo en el Olimpo, convirtiéndolo en su nuevo amante. Ganimedes comía gozoso los manjares de los dioses, sentado en el suelo a los pies del diván de Zeus, quien jugaba con su pelo de suaves tirabuzones del color de la miel.

Ares había crecido admirando las hazañas de su padre en la Titanomaquia que su madre le contaba con orgullo. El gran liberador, el Eleuterio, el azotador de tormentas, el guerrero más feroz entre los inmortales, nacido de la profecía para derrotar al rey de los titanes. Siempre había deseado su amor y aprobación por encima de cualquier otra cosa, sabiendo que jamás sería suficiente para él. Sin embargo, con el tiempo, aprendió a verlo como lo que era; podría haber sido un gran guerrero, pero ahora sólo era un borracho hedonista, entregado a los placeres carnales e incapaz de reinar sobre el mundo que él mismo reconstruyó.

Hebe subió al estrado para servirles en el momento en que una de las lobas de Enio se descontroló por los malabares que Hermes hacía con unas pelotas al compás de la música de Apolo. Hebe trastabilló a la derecha y tropezó con las piernas extendidas de Ganimedes. En un segundo, el cáliz salió volando de entre sus manos y el néctar se vertió en la hermosa toga de su hermana Ilitía.

—¡Oh! ¿Pero qué has hecho, niña estúpida? —rugió la diosa de los nacimientos.

Ilitía se parecía mucho a Hera, con el cabello castaño en un bonito recogido y ojos azules como una noche sin estrellas, era alta, de pómulos marcados y labios rojos. Era una digna hija de su madre.

—D-Disculpa, hermana —tartamudeó, roja hasta los mechones del pelo. Estaba entre los brazos de Ares, quien se había movido con velocidad para atraparla antes de que se cayera ella también al suelo.

Los demás risotearon a grandes voces, pero callaron a la vista del aura azulada que súbitamente rodeó a Ilitía.

—Una sola palabra más y de ti no quedará nada —dijo con una voz en la que resonaba el metal—. Desde que comadre tu nacimiento sólo has traído vergüenza a esta familia.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora