CAPÍTULO 62. La fría oscuridad

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Al otro lado, en el pasillo, Hades la siguió arrastrando mientras ella se removía, murmurando algo inaudible. Le clavó las uñas y espinos en su mano de hielo, pero él no aflojó en ningún momento. Caminaba con paso firme y cada tirón suyo la hacía tropezar. El simple tacto de su mano se extendía por la piel sonrosada y pecosa como cuchillas de hielo. Nunca su contacto había sido tan extremo para ella, ardía con un frío tan intenso que el dolor la hacía gemir.

—Esto es indignante —jadeó ella, su cabello estaba en llamas eléctricas—. ¡No puedes arrastrarme como a una criminal!

El hombro de Perséfone comenzaba a entumecerse bajo su frío agarre, y el resto de su cuerpo no tardaría en seguirle. Intentó huir de nuevo, usando toda su fuerza para anclarse al suelo, incluso si eso era como intentar detener la gravedad.

—Y tú no puedes deshonrarme delante de mi consejo — contestó Hades en tono peligrosamente bajo, sin detenerse.

Ese frío no solo afectaba a su cuerpo; lo sentía en su interior, arrastrándose por sus venas como un veneno. Tiró del brazo con toda la fuerza que poseía, pero él apenas reaccionó. Para Hades, ella era poco más que un niño pequeño al que arrastraba a su antojo.

Herida, hundió sus dientes sobre la piel de él y saboreó su icor. Dorado, como el de todos los inmortales, y aún así, pudo apreciar una sazón distinta. No se parecía a la sangre de Ares, ni a la de Artemisa u otra ninfa que hubiera mordido anteriormente.

Hades se paró en seco y la vio luchar, tratando de arrancarle los dedos a mordiscos. Se habían detenido a los pies de una escalera en caracol. Se inclinó sobre Perséfone, pasó el brazo libre por debajo de sus rodillas y la levantó. No hubo gentileza ni dulzura.

—¡Suéltame! —protestó. El frío que emanaba de él era insoportable. La entumecía, haciéndole sentir cómo algo dentro de ella cedía, una parte que jamás había sabido vulnerable—. ¿Qué crees que estás haciendo?

Y a pesar de que ella comenzó a patearle y golpearle, Hades no perdió el equilibrio mientras avanzaba cada peldaño. Ni siquiera parecía notar su resistencia. El cuerpo entero le ardía por el frío; ese maldito frío que se intensificaba con cada paso y todo alrededor de Hades se estaba congelando. No se parecía a nada que Perséfone hubiera sentido antes.

Entraron en una habitación y, al cerrar la puerta, Hades la soltó finalmente. En cuanto tocó el suelo, Perséfone retrocedió unos pasos y se agazapó. No había en su gesto sumisión, sino la fiera resistencia de un animal acorralado. Se llevó la mano al brazo, donde aún sentía el eco de su agarre como una mordida de hielo que le quemaba hasta los huesos. 

Sin hacerle mucho caso a su prometida, Hades encendió una lámpara de aceite para iluminó el trastero lleno de muebles y reliquias cubiertos con sábanas que se amontonaban en aquella habitación.

Perséfone gruñó con la boca manchada del líquido dorado, y el sabor de su sangre no hacía más que avivar el fuego de su rabia, mientras su cabello, enredado con espinos, parecía brillar como fuego líquido bajo la luz tenue de la habitación.

—¡Que las Furias no te den tregua jamás, maldito opresor! ¡Eres peor que un centauro ebrio! ¡Esto no ha terminado! —espetó en gritos y el polvo se alzó en el aire, formando un vago manto gris que parecía asentarse entre ellos—. ¡No puedes silenciarme, Hades!

El rey la miró airado un momento. Tenía la mandíbula apretada y se alzaba sobre ella como el Coloso de Rodas. La mano le sangraba y el icor goteaba en el suelo a sus pies. Irradiaba de él flujos de aire gélidos del mismo modo que el sol de Helios calentaba.

—Mide tus palabras —dijo Hades finalmente, con esa autoridad que la quemaba por dentro. No había enojo en él, solo una especie de desdén, como si la furia de Perséfone no fuera más que un espectáculo patético.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora