" ℂ𝕦𝕒𝕟𝕥𝕦𝕞 𝕊𝕒𝕝𝕥𝕦𝕤" 𝒂𝒌𝒂 " 𝕝𝕒𝕥𝕚𝕟𝕒𝕤 𝕖𝕟 ℍ𝕠𝕘𝕨𝕒𝕣𝕥𝕤"
En una fecha sin importancia, dos muchachas conciben el cambio de sus vidas de manera "mágicamente" (nótese el sarcasmo) al dentrarse sin explicación a un libro de Harry Pot...
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Lupin con frenesí trata de rasgar el conservador vestido matrimonial, pero Isabel cómo puede lo impide. No es que le importe pero, esa mierda es carísimo, no iba a pagar por los daños y como no se casó con Regulus mínimo debía entregarlo en una pieza.
— ¿Porqué te enojas? Es un maldito vestido y ni me gusta... Me lo voy a quitar pero no así.
— Necesito verte... — Ella arruga la frente ante sus palabras. Lupin confiesa después:— Necesito ver que él no te haya marcado...
Isabel jadea por la sorpresa. Remus con una fuerza desmedida hace trizas el vestido y la faja, dejándolo en el suelo. La única ropa es su lencería; un body de un color blanco mármol, un coulotte con encaje de flores adorna sus caderas, junto con un linguero con encaje triangulares y unas medias con cintas rosas a juego. Remus contempla el cuerpo de Isabel con estrutinio, solo tiene ojos para el conjunto, viéndolo boquiabierto.
— Weón.... No voy a pagar esa mierda... — Dice Isabel ajena a la reacción del padre de su hijo. Lupin está por rasgar también la ropa interior pero ella le detiene dando manotazos en sus callosas manos — ¡Conchetumare, la ropa interior lo compré yo! —. Lupin siente resquemor hacia ella. Si eso es cierto, Regulus hubiera sido quien vería ese conjunto, no él. Isabel Suspira aliviada al ver que su lencería no será el siguiente en ser destrozado. — Estamos en una iglesia, y gracias a tu calentura no tengo más ropa que ponerme por culpa de tus fetiches. Tengo frío John.
— No creas que te has salvado... Esto — Apunta con su dedo índice el conjunto de lencería— lo estaría viendo el hermano de Sirius... Y eso no está correcto, porque todo esto — Agarra con posesividad las piernas de Isabel, brotando un jadeo de su parte —, me pertenece. — Con brusquedad le toma la mandíbula superior para acercarla más a él, e Isabel siente el cálido aliento saliendo de su boca, podía notar en la mano las venas alzarse bajo las cicatrices. Pero más que nada, notaba esa posesividad en sus ojos. — Solo yo te beso como a ti te gusta, solo yo sé tocarte como tú quieres que te toquen, solo yo te puedo coger hasta el punto en que quedas aturdida solo del placer que te doy. Odio que digas ese nombre, me suena al sonido de una mosca a quien quiero aplastar. No me provoques Sissi. — Ante la advertencia, deja la mandíbula de Isabel en paz y se arrodilla, se quita su chaleco para taparla y protegerla del frío. Verla con su ropa le enciende aún más y al estar calmado se da cuenta de lo que hizo. Esa posesividad rápidamente es transformada en vergüenza. No le gustaba sus celos, y su lado animal no ayudaba.