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74. Dejar entrar.

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Hay algo que odio más que nada en la vida, al menos ahora mismo. El amor.

Acabo mi bebida de un solo trago y dejo que el ardor del alcohol en mi garganta me pique hasta mi estómago. Una chica ríe tontamente a mi lado y no puedo evitar mirarla. Su mano sube por el brazo de mi compañero de clase, Chad, Chase o algún nombre estupido como ese, no prestaba atención a los nombres. Me había sonreído el primer día de clases, luego pregunto por mi mamá y su último libro. Ahí termino mi anonimato, los profesores sabían de quién era hija y la universidad pronto se volvió tediosa.

Chad/Chase le correspondía el coqueteo, era seguro que acabarían acostándose, era fácil para mí darme cuenta de eso. La mirada ensoñadora, llena de amor, aunque no necesitaba verla a ella y a su mano sin poder apartarla de él, para darme cuenta de cuanto el amor la había golpeado. Hay una extraña forma en que uno puede reconocer una risa enamorada, como pequeñas risitas llenas de amor, estridentes y nerviosas. Y lo sabes, sabes que es amor, porque nadie es realmente tan gracioso, y él debería saberlo al momento en que te oye reír así, que lo amas y que podría romperte el corazón.

El amor era patético. Te convertía en alguien patético.

—Vaya, no esperaba verte aquí —mis ojos se apartan de la escena de película adolescente de amor y se dirigen directo al chico frente a mi— ¿No es una increíble coincidencia?

Pongo los ojos en blanco y me sirvo otro trago para acabarlo de un solo sorbo.

—Tienes piernas. Creí que venías con el mostrador incluido, chico del café.

Él suspira algo cansado. Cierra sus ojos, supongo que meditando si mandarme a la mierda por fin y desistir. Sorpresa, no lo hace.

—Sabes mi nombre perfectamente. Puedes usarlo.

—No —niego sin rastro de burla en mi mirada fría y dejo el vaso sobre la mesada para dar media vuelta y dejarlo allí.

Lo siento caminar detrás de mi, siguiendo cada uno de mis pasos. Había terminado con esta noche. Normalmente no me gustaba acostarme con algún chico de la universidad, estos hablan y saben mi nombre. Verlos en los pasillos luego de que los saque de mi cama a los gritos por intentar besarme, simplemente no está en mis planes.

—¿Sabes? Pienso que me rechazas porque tienes miedo a enamorarte de mi —me había seguido fuera de la fiesta y caminaba apresurado por seguir mi paso en la vereda.

Lanzo un bufido y me rio de él —Eso es justo lo que diría un acosador para justificarse —respondo sin verlo.

Mi casa quedaba a solo unas cuantas calles así que pronto desistiría y yo estaría en la calidez de mi hogar. Tenía un auto, solo que ya no lo usaba, no tenía sentido en la ciudad con el tráfico. Solo lo conservaba para los viajes a casa, solo que ya no los hacía. No había regresado, no después de ese día.

—Entonces, supongo que no tienes miedo a enamorarte. Lo que nos deja en la segunda opción ¿Alguien te rompió el corazón? —me detengo abruptamente y le doy una mirada casi asesina. Él sonríe como si no captara nada de mi odio— Secundaria. Siempre son los de la secundaria, apuesto a que un primer amor.

—¿Por qué haces esto? —me planto frente a él con mis manos en mis bolsillos para cortar el frío que sentía y también ocultar mis manos temblando por mis nervios. Odiaba cuando alguien se acercaba tanto.

Él se encoge de hombros como si no le importara ser rechazado por la misma chica por meses. No hubo una vez desde que llegue a la ciudad que él no fue gentil y cálido conmigo cuando yo fui todo lo contrario.

–Me gustas.

–Tu no me conoces ¿Cómo podrías? —mi risa sarcástica suena más dolorosa.

–Ese es el punto, me gustas lo suficiente para querer conocerte y desear quedarme.

Antes que te vayasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora