Una atmósfera tensa reinaba en el cuarto de James, donde él estaba de pie junto al armario y las dos chicas sentadas en la cama. Cuando el joven propuso ir allí para que conversaran, en realidad no sabía qué tema iba a tratar. El único deseo que tenía era alejarse de todo el nerviosismo que había sobre la cubierta, y quedarse encerrado hasta que todo pasara. Sin embargo, Grethel pensaba de otra forma.
— ¿Y? ¿Qué haremos ahora? No me digan que se quedarán aquí sin hacer nada —rompió el silencio la rubia.
—No lo sé, Greth, no se me ocurre nada. Maggie al menos sabe pelear, pero yo no sé ni alzar los puños —James sonaba desalentado. Suspiró y apoyó su espalda contra el guardarropa.
—Ojalá el líquido de los cristales grandes no fuera tan dañino. Lo usaría con mucho gusto para darle el merecido a esa bestia de Clément —comentó Grethel, golpeando con el puño la palma de la otra mano para expresar su enojo.
—Quizá no haga falta que peleemos. Si elaboramos un buen plan, podríamos terminar con el asunto nosotros mismos —opinó Margaret. Al contrario que sus dos amigos, su ánimo parecía templado.
—Creo que ya hemos hecho bastante. Además, mi padre nos obligará a quedarnos encerrados aquí, y estará observándonos a cada rato —expresó James.
Grethel se palmeó la pierna en señal de impotencia, pero se quedó pensando mientras tamborileaba con los dedos sobre el cubrecama.
—Podemos escaparnos. En eso ya todos tenemos experiencia, me parece —dijo con una sonrisa ocurrente.
— ¿Y luego qué? ¿Pelearemos, o les leeremos un tratado de paz? —ironizó James.
—Deberíamos neutralizar el líquido. Con eso se acabaría el problema mayor —propuso Margaret, mirando a James con una ceja levantada, como si lo que dijo fuese obvio.
—Eso será casi imposible, ¿cómo haremos para tirar el líquido al mar? Para eso tendríamos que transportarlo hacia la cubierta, que estará llena de marineros vigilando. No es viable —razonó el chico, haciendo ademanes.
—No hará falta transportar nada. Lo que haremos será lo contrario: en vez de echar el líquido al agua salada, le echaremos sal al líquido —explicó Margaret, acompañando lo que decía con mímicas—. Y, antes de que pregunten, la sal la sacaremos del mismo barco. Debe haber muchos costales en la bodega, y con suerte el líquido también estará almacenado allí mismo.
—Eso me parece muy inteligente —elogió Grethel—, ¿pero cómo sabemos que funcionará? Recuerden que la sal solo inutiliza momentáneamente el líquido. El cloro es el verdadero neutralizador.
James vaciló un momento, con la mano sujetándose el mentón.
—Tendremos que arriesgarnos. Bastará con que el líquido pierda su fuerza para frustrarles el plan —comentó ahora más receptivo a la idea de Margaret. Contenta por su apoyo, ella le dedicó una sonrisa que lo terminó de convencer.
—Bien, entonces tenemos varias cosas resueltas. Solo nos falta ver cómo haremos para subir al barco —dijo la rubia, volviendo a tamborilear con los dedos.
—Eso dependerá de lo que decidan hacer Edgard y Wilson. Tendremos que arreglárnoslas para colarnos entre quienes aborden el barco de Clément —dispuso Margaret.
—No veo otra alternativa —comentó James—. Los tres solos no podremos hacer nada sin que nos descubran. Ni siquiera somos suficientes para bajar un bote.
—Entonces ciñámonos al plan que tenga Edgard. Pero para eso, primero debemos enterarnos de cuál es —apuntó Grethel, poniéndose de pie.
—Seguro lo anunciará a todos en cualquier momento. Deberíamos subir de nuevo para oírlo —dijo Margaret, también irguiéndose.
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La Isla de los Cristales
AventuraA finales del siglo XIX, un grupo de académicos es sorprendido por una misión atípica: tendrán que dejar sus cómodos trabajos en la universidad para explorar una isla lejana y desconocida. Sin embargo, desde el principio tienen sospechas de que no t...
