Theodore, alias el Inventor, se sintió aliviado cuando La Bella atracó en el puerto. Aunque en la isla estaba acostumbrado a pasar días sin salir de su cabaña, los tres meses de viaje se le hicieron interminables. No obstante, los aprovechó al máximo redactando nuevos proyectos y haciendo planos.
Una vez que el barco se conectó con el muelle, él fue el primero en bajar. Se despidió fugazmente de sus compañeros y buscó un carruaje. Los marineros lo ayudaron a mover su gran cargamento, que consistía en varias cajas de madera selladas. En cuanto todo estuvo listo, le dijo la dirección al cochero.
—Por favor, lléveme al 32 de Silver Street.
El conductor asintió y sacudió las riendas. Los dos caballos comenzaron a trotar, dando golpes rítmicos sobre los adoquines. Theodore se relajó con ese sonido, y se dio cuenta de que hacía muchos años que no lo escuchaba. Pensó en todo el tiempo que había pasado en la isla. ¿Había logrado hacer algo útil?
Bueno, se dijo, al menos construí el Energizador, que me ayudó a acabar con ese cretino de Clément.
Satisfecho con esa breve conclusión, se quedó dormido. El camino hacia su casa era largo, así que tendría un poco de tiempo para descansar. Hubiese querido ver un poco más de la ciudad, pero ya tendría ocasión.
Se despertó quince minutos después, cuando el carruaje se detuvo.
— ¿Es aquí, señor? —preguntó el cochero, girándose para verlo.
—El desgraciado de Steve se atrevió a pintar de azul después de todo —bramó al ver la fachada de la casa—. Sí, es aquí.
Luego de pagarle al conductor, y de que este lo ayudara a bajar todo su equipaje, golpeó la puerta con la aldaba. Lo hizo varias veces con insistencia, hasta que oyó unos pasos acercándose y una voz rezongando.
— ¿Quién es, y por qué estúpida razón golpea tan fuerte? —se escuchó desde el otro lado de la puerta.
—Abre y descúbrelo —desafió Theodore, conteniendo una risa.
Una llave giró en la cerradura, y la puerta se abrió. Un hombre de unos sesenta años contemplaba al recién llegado con el rostro confundido. Tenía el pelo gris, casi blanco, y una barba bien recortada.
— ¡Hermanito! —exclamó Theodore, en tono exagerado y abriendo los brazos—. ¿No te alegras de verme?
— ¿Theo? ¿Qué unicornios haces aquí? —inquirió sin la menor emoción—. Pensé que te habían comido esos caníbales, o algo por el estilo.
—No, querido Steve, no son caníbales. Ya te contaré todo en estos días, pero primero creo que necesito un baño.
—Sí que lo necesitas —afirmó Steve, ahora sí con una pequeña sonrisa. Tomó una de las cajas de Theodore con una mano, y la otra se la pasó sobre los hombros—. Antes de que preguntes, no he tocado nada de tu taller. Bueno, sólo lo he barrido una vez, pero no más porque me provocó alergia.
Entre risas, los dos hermanos entraron en la casa. Solo volvieron a salir unas cuantas veces para juntar todo el cargamento de Theodore.
—Ve y dale un vistazo a tu viejo taller. Yo prepararé algo para tomar mientras tanto —lo alentó Steve.
El Inventor sonrió, muy emocionado por volver a pisar el lugar que tanto había significado para él. Ese fue su refugio durante los largos años de estudio, y también mientras trabajaba para la Universidad de Cleverville. Cuando Wilson lo llamó para viajar a la isla, acudió sin dudarlo. Había pasado allí poco más de diez años, sin ninguna comunicación con el exterior.
Antes de ir a su taller, Theodore tomó uno de los libros con tapa verde donde diseñaba sus proyectos. Hacía poco que lo había estrenado, con solo un proyecto en desarrollo. Luego de cruzar la sala y el comedor, salió hacia el patio por la puerta trasera. El jardín estaba bien arreglado, aunque no veía rastros de su perro. Pobre Gordon, de seguro habrá muerto hace tiempo.
Al fondo había un gran galpón, que abarcaba casi todo el ancho del patio. Se notaba que por fuera lo habían pintado y arreglado un poco. Abrió la puerta, que no emitió ningún sonido. También se ocupó de ponerle aceite... es un detallista este Steve. Pero al entrar, comprobó que era cierto lo que dijo su hermano. Todo estaba en su lugar, donde lo había dejado diez años atrás. El perchero con sus delantales, la larga mesa de trabajo en forma de L, la mesa central con cubierta de mármol, sus herramientas, colgadas en la pared... Theodore podía recordar con exactitud dónde se hallaba cada cosa.
Luego de dejar su preciado libro sobre la mesa del centro, le dio un breve recorrido a la habitación. Abrió cada cajón, cada puerta, y examinó todos los rincones y esquinas. Sostuvo en las manos sus herramientas favoritas, a las que les limpió el polvo. El brillo en sus ojos mostraba cuántas ansias tenía en volver a utilizarlas. Y, quizá, no faltaba mucho para eso.
Por otro lado, Steve puso dos tazas en una bandeja y las llenó de humeante café. A su lado colocó una fuente con galletas, y llevó todo el conjunto a la mesa del comedor. Luego salió al patio para llamar a Theodore, que seguía inspeccionando su taller. Entró en el edificio y no pudo ocultar una sonrisa al ver a su hermano ocupado de nuevo en sus cosas.
—Venía a avisarte que ya está listo el café —anunció mientras le daba una distraída ojeada al lugar.
—Qué bien, espérame un momento, no me tardo —respondió Theodore sin siquiera voltearse.
Steve estaba por irse, pero algo llamó su atención. Sobre la mesa central había un libro. El hombre reconoció en él a uno de los que su hermano solía usar para sus diseños. Aprovechando que este seguía de espaldas, se acercó para curiosear.
En la verde tapa se podía ver la etiqueta del nuevo proyecto de Theodore, escrita con letras grandes y en mayúscula. Decía esto:
La Bella 2.0
Steve meneó la cabeza, ignorando qué tipo de proyecto sería. Él era abogado, así que nada entendía sobre ingeniería y planos.
—Ay hermano —dijo para sí, una vez que salió—. Me pregunto qué te traes entre manos esta vez.
Fin
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La Isla de los Cristales
AventuraA finales del siglo XIX, un grupo de académicos es sorprendido por una misión atípica: tendrán que dejar sus cómodos trabajos en la universidad para explorar una isla lejana y desconocida. Sin embargo, desde el principio tienen sospechas de que no t...
