Capítulo 42. Deja que me coma tu corazón.

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Para la física, la caída libre se trata de aquella en la que un cuerpo experimenta únicamente la acción de la gravedad, en un vacío por el que vas descendiendo cada vez más. La aceleración es constante y la misma para todos, independientemente de su forma y peso. Pero al igual que en la física, las personas también experimentamos esa caída hacia el vacío, esa incontrolable sensación de que todo se está yendo a la mierda y lo único que puedes hacer es caer cada vez más profundo mientras esperas chocar contra el fondo para que sea menos doloroso y todo termine. Pero a diferencia de la física, el aire no frena el movimiento, sino que se corta dentro de ti, haciendo que te sientas ahogado y no puedas respirar. Tu pecho siente cómo se cierra y el miedo recorre todo tu cuerpo, comienzas a temblar intentando entender qué fue lo que te llevó a aquella gran caída, cuál fue aquel último empujón que te lanzó hacia el precipicio del que ahora no puedes salir. Piensas en cada uno de esos momentos que te llevaron al borde del acantilado y mientras caes, intentas salvarte de alguna manera, miras hacia todos lados buscando una solución, algo que te salve. Lo intentas una y otra vez y al entender que careces de algo que pueda contrarrestar tu llegada abrupta contra el suelo, te rindes. Te dejas caer libremente, olvidándote de cada uno de tus sueños, aquellos que te hacían volar cuando eras pequeño, aquellos que se convirtieron en pesadillas al comenzar a presionarte a ti mismo intentando cumplirlos sin antes ponerte otros objetivos que te llevaran hacia ellos. Por eso te mantienes en aquella enorme caída que te apañaste dejándote vencer por lo que dicen los demás, sabiendo que la única salida de aquel vacío es creer en ti mismo y desplegar tus alas para poder planear hasta alguna superficie.

Abrí mis ojos y busqué a Elidha por el lugar sin tener ningún indicio de su presencia. Por algún motivo, me levanté exaltada y sentía que estaba en una de esas pesadillas. Así que corrí por toda la casa y no lo encontraba. Mi garganta empezaba a secarse y mi pecho se cerraba. Comencé a sentir pánico, uno que nunca había sentido. El miedo se apoderaba de mi cuerpo y comencé a gritar su nombre, pero no tenía respuesta alguna. La ansiedad se había apoderado de mí por completo y el miedo la acompañaba. "Por favor, aparece", repetía en mi cabeza mientras mis uñas se clavaban cada vez más sobre la piel de mis brazos, generando heridas. El aire se iba, se estaba yendo, cuando de repente sonó la puerta. Me levanté y salí corriendo hacia ella. Era Petro, que me miró completamente preocupado.

—¿Qué te sucede, pequeña? Te ves mal, ven aquí. —me acompañó hasta el sillón y me trajo un vaso lleno de agua con azúcar. —¿Qué está pasando?

—Solo me siento ahogada, no puedo respirar. —respondí completamente agitada.

—Tranquila, prepararé el auto, espera aquí. —se lo veía realmente asustado, yo sentía que me moría, era un ataque super fuerte lo sabía, pero mi cabeza me repetía que estaba muriendo y mi cuerpo la acompañaba haciéndome sentir como si realmente estaba pasando.

Petro salió corriendo hacia afuera, se escuchó como encendió el auto cuando de repente Elidha entró por la puerta, al verme así solo tomó mi mano y se acercó a mí.

—Respira, tranquila, estoy aquí contigo, eres valiente luchando con esto sola. Escúchame, intenta respirar. —Él tomó mi mano, podía sentir como su corazón latía junto al mío. —¿Escuchas cómo se sincronizan, verdad? Tu corazón se está calmando, respira hondo. —El besó mi frente, sentía como poco a poco el aire volvía.

—Lo siento. —dije a punto de llorar. —No quería preocupar a tu abuelo.

—No es tu culpa, no pidas perdón por algo que no generaste tú, no te sientas culpable por colapsar. —Elí se mantuvo a mi lado mientras por la puerta entraban los abuelos completamente preocupados a lo que él les hizo un gesto con su cabeza para que nos dieran espacio. —¿Estás mejor?

La verdad detras de sus ojosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora