12.2 - Videojuegos para el alma

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Una Anahí deprimida era incluso peor que una Anahí drogada

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Una Anahí deprimida era incluso peor que una Anahí drogada.

Su teléfono estaba sobre mi cuaderno, encima de la guantera. No lo tocaba. Miraba por la ventana sin subir las piernas al salpicadero, sin hacer comentarios, con la ventana baja y el brazo asomando hacia fuera. Había escondido el mentón dentro del pliegue del codo, ajena al repiqueteo que debía estar haciendo castañar sus dientes.

Simplemente, no decía nada. Se limitaba a permitir que el viento le apartara el cabello seco del rostro.

—Compré un videojuego nuevo para probar en la consola de Franco —comenté, tratando de sacarla de su pozo depresivo—. Es de pelea, de los que te gustan. Se me ocurrió que podíamos jugar un rato, ¿qué te parece?

Emitió un pesado «mhmm» que se perdió con el viento.

Miré hacia atrás como si Meg, que aprovechaba la extensión de los asientos traseros para estirarse cuanto podía, pudiera comprenderme. Su cola colgaba aburrida del asiento.

Decidí intentarlo otra vez.

—Podemos invitar a Soledad a jugar con nosotros, ¿qué te parece? Dos contra dos, juntos podríamos darles una paliza.

—Dios santo —masculló—, eres más pesado que mi existencia.

Las luces de neón de la ciudad surcaban su rostro, dejando sombras tristes en ella. La hacían un poco más masculina, como una taciturna versión mía. Para animarla, había cambiado el rock electrónico que solía tener en la radio por su preciado hip-hop, incluso probé con el punk-pop, pero ni siquiera la escuché tararear... o lo que fuera que se hacía con el rap.

No sabía si prefería esa presente ausencia o los irritantes cambios de humor de los primeros días de desintoxicación.

A eso de las once, metí la camioneta en el estacionamiento de un motel del sur de la ciudad. Tres bloques de habitaciones formaban un cuadrado que la calle cerraba en su cuarto lado, con el estacionamiento en el centro. Un pequeño pasillo se abría paso dividiendo en dos la planta baja, junto a la recepción, con el primer piso como techo. La reja estaba abierta y pasé por allí, conduciendo con lentitud. Las luces del supermercado cruzando la calle cubrieron de azul la camioneta hasta que nos sumimos en las sombras y cruzamos al estacionamiento abierto en la parte de atrás del recinto.

Estacioné en una playa vacía. Tres paredones limitaban el terreno a nuestras espaldas por un par de metros más, como un sucio patio privado. Subí el parasol y ojeé hacia arriba, al pasillo abierto que daba a las demás habitaciones. Se subía por unas escaleras de cemento que giraban en cuadrado, junto al túnel que conectaba el estacionamiento trasero con el delantero. Las paredes eran azules, sucias gracias a las luces cálidas y anaranjadas.

Mientras esperaba a que Meg bajara para cerrar la puerta, una chica se recostó contra las barandillas del pasillo sobre mí. Tenía un corte más ruinoso del que le vi la última vez, con un cabello naturalmente negro que jamás podía reflejar un solo destello de luz, y escondía las curvas poco gráciles de su cuerpo bajo una gran chaqueta rosa.

Me dirigí a las escaleras a la vez que Soledad hacía lo mismo y nos encontramos al borde, junto a otro auto que parecía abandonado.

—¿Y a Ana qué le dio? —preguntó mientras se lanzaba a darme un rápido y casual abrazo. Saludó con una caricia distraída a Meg, fijándose en la chica inerte en el asiento de copiloto, muy lejos para escucharnos.

—Está deprimida, apenas sale de la cama y se la pasa devorando lo que tenemos en la cocina.

—Sí, Mecha me comentó que no la ha visto en días. —Se encogió de hombros, recostándose contra la pared—. Está furiosa contigo, dice que tú eres el que no la deja salir.

Pasé de molestarme por lo que Mecha pudiera decir de mí. Soledad había cursado toda la primaria y secundaria conmigo, me conocía lo bastante como para saber cuánto de lo que decía su hermana menor sobre mí podía ser cierto.

—Supongo que no miente tanto, ¿no? —tanteó.

—Ana ha estado sobria desde el incendio, no quiero que se mezcle ahora con Mecha —confesé, mirando con ella a la camioneta, donde mi hermana se recostaba del todo en la puerta, acostada en el asiento del copiloto y con los dos brazos colgando por fuera y golpeando a un ritmo aburrido y disonante contra la chapa—. Lo está intentando de verdad esta vez.

—¿Y traerla aquí fue una buena idea? —cuestionó.

Sonreí de lado, a medias divertido por la media broma.

El motel que manejaba la familia de Soledad era un nido de ratas. La mitad de los dealers a los que conocía pasaron al menos una semana allí en algún punto de sus vidas. Podía entender el punto, pero dejarla salir con sus propios amigos habría sido peor. La única chica que se me ocurría llamar que no la arrastraría en media hora a las drogas llevaba días fuera del mapa, igual que su hermana.

—Sol, confío en ti y creo que confío en Franco con este tema. Necesito intentar algo.

Se guardó las respuestas.

Tras esperar un rato sentados en las escaleras a que Anahí saliera por su cuenta, Soledad tomó la iniciativa; se levantó y a paso decidido se acercó a la camioneta. En la noche reverberó el sonido de un autobús que se detuvo en la parada que tenía a media cuadra, combinándose con los ladridos de perros vecinos que hacían las veces de cizañas y el rumor de la televisión de algún cuarto de la planta baja. Al estacionamiento no llegaba más que el fulgor del pasillo, apenas distinguíamos las siluetas del otro. A pesar de todo, Soledad se mostró tan energética como si fueran las tres de la tarde en ese sucio y desierto rincón del barrio.

Habíamos perdido gran parte de la cercanía después de graduarnos, pero manteníamos ese lazo de la comprensión mutua de tener ambos hermanas drogadictas con las que apenas podíamos lidiar.

Dio varios golpes al techo y consiguió la atención de Ana, que levantó la cabeza apenas un poco para verla a través de la maraña que era su cabello.

—Eh, chica, ¿vas a pasarte el resto de la noche como un muerto vivo colgando de la puerta? —inquirió Soledad.

Ana bufó, haciendo volar un par de mechones con el soplido.

—¿Por qué no?

Mi amiga y yo intercambiamos una mirada hastiada. Con un asentimiento, entablamos una estrategia basada en la pura improvisación.

Soledad, sin previo aviso, abrió la puerta de un tirón. Ana emitió un chillido que hizo eco por la manzana entera. La atrapé justo antes de que se diera de cara contra el suelo y, evitando los saltos juguetones de Meg que corría de un lado a otro alrededor, me la eché al hombro como a un saco de papas.

Anahí hizo algún amague de discutir en el camino, pero después de que diéramos un fuerte portazo y comenzáramos la marcha, desistió. Se convirtió en un peso muerto a mis hombros.

—Nos vemos, Sol —balbuceó contra mi espalda cuando subí los primeros escalones.

Me giré apenas para intercambiar una mirada preocupada con Soledad.

Al llamar a la puerta de la habitación de Franco, al final del pasillo, me encontré con la misma expresión extrañada de Soledad en él.

—Esta chica realmente está jodida —comentó a modo de saludo.

Anahí actuó como si no escuchara nada. Incluso Franco se preocupó.

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora