[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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Desperté con el corazón acelerado cuando alguien me zarandeó violentamente por el hombro. Me quité de un manotazo a Liz, gruñendo somnolienta. Tenía los ojos muy abiertos.
Me incorporé con dificultad, con los músculos rígidos por haber dormido en el suelo. Las baldosas estaban heladas donde no había entrado en contacto con mi calor corporal.
-¿Qué pasa?
Señaló el reloj. Las cuatro de la madrugada.
Se me cortó la respiración. Ana dormía, con un hilo de baba bajando por su mandíbula, despatarrada en el sillón. Había un hueco donde Liz se había quedado dormida. El único rastro de Tadeo era la chaqueta que había enrollado para colocar bajo mi cabeza como una almohada.
-¿Y Tad? -susurré mientras guardaba con rapidez mis cosas en el bolso.
Liz caminaba en círculos, frotándose ansiosa los brazos. La temperatura había caído varios grados. Balbuceaba a toda velocidad.
-En su cuarto, hablando por teléfono. Lo llamaron recién. Trató de no despertarnos, pero tengo el sueño ligero y me despierto fácil, papá dice que es importante porque cuando dormimos somos vulnerables, nos pueden matar fácil. Digo, no es que Tadeo fuera a matarnos. No creo. Tampoco es que confíe en él, es solo que dormirse es peligroso cuando...
Mi mente bloqueó su perorata. Me quedé quieta un minuto, indecisa.
«Ahora o nunca», se burló mi cabeza.«¿De verdad serías así de cobarde para irte sin despedirte?».
Mi corazón latió. El pie ansioso de Liz golpeó mil veces el suelo. Tap tap tap tap. El castigo por llegar tarde sería terrible, a esa altura los minutos no seguían contando, daría igual salir de inmediato o tomarme el tiempo de hacer las cosas bien.
Porque un par de meses atrás, Tadeo no era más que un idiota al que evitar, pero los idiotas cambiaban cuando le daban a una un lugar seguro en medio de una vida caótica. Él me ofreció algo real cuando siempre pinté mi vida en base a las fantasías que anhelaba. Mi padre era un cuadro en la pared, me adapté a personas normales para no estar sola, para ser como ellos, estudié un profesorado sabiendo que tenía prohibido trabajar e independizarme. Mi vida solía ser un teatro. Yo escribía el guión para poder tener las riendas de algo. Hasta que encontré alguien que me abrió las puertas de su garaje, me ofreció un lápiz para dibujar y me dio un lugar seguro. Algo cálido, como un hogar.
Lo supe. Estaba mal, terrible, pero el rumor de su voz discutiendo al teléfono hizo real algo que yo quería que se mantuviera en una ilusión lejana.
Abrí la puerta de la entrada. Liz se quedó quieta ante la reja y dio la vuelta para ir por él para que nos abriera.
-Déjalo, saldremos trepando.
Tomé las llaves del auto de papá y salí delante de ella. Caminé por el sendero desbordado de maleza, con las correas del bolso a punto de quedar grabadas en mi piel. Elizabeth cerró con cuidado de no alertarlos. Me ayudó a trepar. Ella lo hizo con facilidad, sin siquiera pensar en sus movimientos. Su cabeza, y su mente, estaban en la ventana que nos iluminaba con la luz de la sala.