23.2 - La caída de una reina

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La luna se escondía entre las azoteas de edificios de decenas de pisos, reemplazada por los anuncios de neón que mantuvieron la noche viva y me bañaban a mí con sus colores, quitándole a mi imagen ese efecto de mímesis con las horas más oscuras

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La luna se escondía entre las azoteas de edificios de decenas de pisos, reemplazada por los anuncios de neón que mantuvieron la noche viva y me bañaban a mí con sus colores, quitándole a mi imagen ese efecto de mímesis con las horas más oscuras. El portazo de Alessandro, posterior al mío, fue ahogado por la superposición de voces que se nos superponían. Corriendo por la calle, con Alessandro apenas capaz de mantenerme el paso, podía entrever la fachada del Titanio entre las últimas sombras nocturnas y las personas amotinadas alrededor, que nos habían tapado el paso al callejón y ahora lo tapaban a la entrada.

—Eran más personas de las que esperaba, Ale. Ya te lo dije —gruñí—. Pensé que serían cuatro.

Cuatro debían bastar. El choque llamaría la atención, la balacera sería una buena advertencia. Yo dispararía desde el puente y ellos desde abajo, así no tendrían oportunidad. El plan era en extremo simple. Demasiado. Escandaloso de lo simple que era. Tanto que quería gritar de la rabia, como niña malcriada.

¿Ser la consentida de papá me estaría afectando?

No, me dije de inmediato, solo soy una maniática.

Lo era, y a mucha honra. No podía culpar a mi nueva vida si siempre había sido mala perdedora y si mi obsesión por los errores era mera culpa del pasado.

A Ale, sin embargo, nada de eso le bastaba para comprender por qué estaba tan obstinada con ir al bar y ponerle la cara a mis problemas.

—Cher, todavía tienes sangre en la ropa —respondió—. Apenas te quitamos la bala, no puedes andar por ahí buscando que te maten cuando no deberías ni caminar. Deja que yo lo solucione.

—Que tú lo soluciones —farfullé, amargada—. ¡Claro, porque no me hará ver como una cobarde, o una inútil, o una egocéntrica!

De un bruco tirón, me tomó del brazo y tiró para detenerme a mitad de la calle.

—¡Estamos hablando de tu condenada vida! —bramó en mi cara, al límite con sus nervios—. ¡Me da igual lo que vayan a pensar de ti esos imbéciles!

Ya era tarde, de todas formas. Varias personas nos miraban desde la entrada del bar. La muchedumbre se acumulaba tanto en el interior como en la acera. De un tirón me zafé de él y alcé el mentón, decidida a no dejar entrever el más miserable atisbo de debilidad. No le daría a nadie el beneficio de verme derrotada.

Sabía lo que Uriel me habría dicho si supiera lo que estaba haciendo; no seas tonta, no puedes enfrentarte a esto cuando apenas pasó una hora desde que te quitaron una bala.

Revisé, de pasada, mi reloj inteligente. Dos horas, me corregí.

En un gesto impensado, tomé el único mechón fuera de lugar y lo regresé a la trenza que me caía por encima del hombro mientras caminaba. Las pisadas de hierro de Ale me siguieron de cerca, a pesar de lo que quería. Quería que me escondiera detrás de él, que lo dejara poner el pecho a la bala, pero así no funcionaba.

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora