40 - Hijas de las tormentas

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Mis pies se hundieron en el fango al bajar del todoterreno

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Mis pies se hundieron en el fango al bajar del todoterreno. El portazo que di resonó en la inmensidad del bosque, entre los graznidos de las aves y el barullo propio de Waldergifte. Me arrebujé dentro de la bufanda para protegerme del viento de tormenta que corrió. La humedad pesaba sobre mis extremidades, haciendo que cada paso fuera una condena en sí mismo.

Era una suerte que mi padre me hubiera enviado sola a la base, la poca atención que me prestaron se sentía como una bendición del cielo. Apenas una persona tenía sus ojos en mí, sentado sobre un muro bajo de piedra desvencijada en el que solía encontrarlo cuando esperaba por cualquiera de nosotros.

Strom dejó su bandeja con la cena a un lado y me hizo una señal con la cabeza hacia el espacio libre junto a él. Me quedé de pie a su lado, insegura de cómo seguir. Si había alguien que se habría enterado de lo que ocurrió, sería él.

Junto con Markus y Valentino —y Diana, pero ¿Diana seguía contando? ¿Me odiaba? ¿Me odiaría por el resto de mi vida por ser una traidora? ¿Era lo que Elilia sentiría también por mí?—, Strom era de los pocos con los que tenía la suficiente confianza para mirarlo a los ojos, y el único que se había sentado a llorar conmigo la muerte de Matteo, ambos de rodilla en la iglesia, solos y rotos.

Casi dos años después, todavía podía encontrar restos de la ruptura en su mirada clara, en las líneas duras que Alemania había escavado en su mandíbula. Era un sentimiento tan familiar que relajó la tensión en mis hombros. Consciente de que esperaba su permiso, dio una palmada en la piedra y solo entonces me acerqué. Apoyé ambas manos en el muro para impulsarme hacia arriba y me senté de un movimiento rápido que dejó mis piernas balanceándose en el aire.

—Oí lo de tu hermana —habló él primero, con una mueca triste—, lo lamento.

El alemán era duro, y las disculpas siempre me habían sonado toscas dichas en un idioma así. Era como el agua de las cascadas que afilaba las rocas de debajo.

—Hice lo que pude —suspiré.

No había sido suficiente, pero la mirada de mi amigo casi parecía decir que sí.

Suspiró. En lugar de seguir con el tema, rebuscó en su bolsillo y me tendió un teléfono satelital con el que estaba familiarizada.

—El Coronel quiere que lo conserves esta vez. Parece que le fastidió no poder localizarte.

Hice girar el teléfono entre mis dedos, su peso familiar. Me lo entregaban solo para las misiones fuera de la base, se suponía que tenía prohibido quedarme con algo más que el comunicador que me conectaba con el centro de comunicaciones.

Mientras él retomaba su cena, yo eché la cabeza atrás para perderme un minuto en el clima tormentoso. Un manto de nubes oscuras cubrían la luna y las estrellas, y un viento agresivo prometía lluvias muy pronto. Se suponía que debía esperar hasta que los soldados que Lorenzo solicitó estuvieran listos para despegar, así que tenía un rato más hasta que debiera regresar al helicóptero.

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora