23.1 - El hijo pródigo

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—Nunca robé un auto

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—Nunca robé un auto.

—Ya lo sé, es la tercera vez que lo dices.

Lili hizo una mueca. Con nerviosismo se quitó de la vista el flequillo y dio luego golpecitos al volante del vehículo. Inclinó la cabeza para ver el semáforo siguiente.

—No pares —le recordé.

Otra mueca. La enésima de la última media hora. A pesar de todo, siguió de largo en la luz de alto.

—Puedo conducir yo si...

—No —bramó tajante—. Estás destrozado, déjamelo a mí. Yo puedo, yo puedo... —murmuró lo último, para convencerse a sí y quitarse los nervios de encima.

Guardé en silencio, recortándome vencido contra el asiento del copiloto. El hocico de Meg asomaba entre los dos, reposando con calma y manchando la caja de cambios con la sangre en sus mofletes.

Lili se negaba a hablar sobre el motivo de sus nervios. Su rostro estaba poco menos inflamado que el mío. Un gran tajo le cruzaba la frente bajo ese flequillo recto, cubierto por una cáscara alargada de color rojo intenso. Cada tanto pretendía rascarse, a pesar del dolor, y tenía que yo mismo sacarle la mano para detenerla.

Aunque pensé en principio que los muertos la habrían alterado, no estaba ni por asomo tan ansiosa como yo lo estuve la primera vez, un par de años atrás. Drogas, sobredosis. Franco me había dado un golpe en la cabeza para que reaccionara y los ayudara a sacarlo de la casona.

Pronuncie una inquietante duda que llevaba rato rondando en mi cabeza.

—¿Fueron los primeros muertos que viste?

Estrujó el volante. La tensión remarcó los músculos de su cuello y le blanqueció los nudillos.

—No —confesó—, pero sí llevaba tiempo sin ver ninguno.

Con tanta sangre violenta que vio antes, no podía imaginar qué clase de cosas había atestiguado para que tan poco le golpeara.

¿Y Elizabeth? Ella ni siquiera parpadeó. De crueldad o desprecio careció, solo la calma de algo que era ya costumbre. La paz de quien no se ve así mismo apretando un gatillo, ni lo ve, solo hace lo que debe.

—¿Cómo? —pregunté, sabiendo que no tendría respuesta.

Me sorprendí al ver que no era tan rígida en su secretismo como otras veces. Lo anticipé en su cabeza ladeada, con esos mechones apenas ondulados colgando lejos de una oreja con tres pendientes; uno era una mariposa plateada, otro un delfín celeste y un último era un colgante pequeño, un círculo vacío por dentro.

—Asuntos familiares —explicó—. Cuando era pequeña solía cruzarme con bastantes muertos en Alemania.

Amagó agregar algo, pero una punzada de dolor en sus iris la frenó. Busqué alguna pregunta que no le atravesara directo el corazón, como todas parecían buscar.

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora