[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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El mentón de Elilia descansaba cómodamente sobre mi hombro como el hocico de Mégara en mi regazo. La atención dejada en el televisor era tal que ninguno emitía el menor sonido.
—El hecho sucedió en la madrugada de hoy. Según testigos, habría ocurrido entre las dos y cuatro de la mañana. La policía todavía está en el lugar de los hechos...
Franco entró en la habitación, teléfono en mano y seriedad en el rostro.
—¿Listos? —preguntó, apagando de golpe la pantalla.
—Ana todavía no volvió.
Me miró con los ojos entornados. A pesar de ser mucho más enclenque que yo, tomó mi brazo y trató de tirar de mí.
—Bro, ya le dejaste las llaves a la otra, pueden entrar si vuelven —decía mientras jalaba—, no vale la pena esperarlas.
Entre el cansancio profundo que sentía, escuché a Eli resoplar divertida. Ella se arrastró para buscar sus zapatillas deportivas bajo la cama.
—Tiene razón, volverán tarde o temprano.
Se las ataba con desdén.
—No pueden estar afuera así como así ahora —objeté.
Su mirada ladina, acompañada por la comisura de sus labios fruncida en un gesto burlón, puntualizó la tontería que dije.
—¿Y qué vas a hacer? Ya te dijeron que están con Mecha —Se levantó, sacudiendo sus jeans para quitarse los restos de tierra de las rodillas—. Liz es sensata. Deja que ella vigile a Ana, al menos eso lo sabe hacer bien.
Ninguno de los dos preguntó por la nota ácida al final del comentario. Simplemente tomó la bandana con la que le gustaba atarse el cabello y se la ató en la cabeza. Un par de orejitas con su estampa azul y blanca quedaron rígidas en su cabeza. Se acomodó el flequillo. En su rostro tieso noté que detrás de esa fachada relajada ocultaba un mar de consternaciones.
Las mías eran mucho más claras que las de ella.
Soledad, la hermana de Mecha, la misma chica que atendía la recepción de ese hotel lleno de gente que buscaba pasar desapercibida, había pasado en la mañana para contarme que Ana estaba con ella. Aunque eso debía relajarme, cada vez que Mecha aparecía en escena me preocupaba la imagen que mi cerebro creaba; Ana dejándose llevar y drogándose como prometió que no lo haría.
No dejaba de atormentarme el pensar que, de hacerlo, acabaría siendo mi culpa.
Con una caricia en la cabeza de Meg, quien intentó atrapar mi mano en el proceso con su juguetón hocico, me resigné. Me froté los ojos. Mis músculos tensos suplicaban un descanso. Incluso Franco se notaba intranquilo, bien lo conocía para poder decirlo.
Salimos de la habitación sin cruzar más que un par de palabras. Elilia fue la última en salir. Cerró sin hacer ruido. Metiéndose las manos en los bolsillos y poniéndose la capucha de un viejo abrigo de jean y jersey que había hallado entre las cosas de Anahí, una de las pocas prendas que no eran dos talles más pequeñas o dos talles más grandes, caminó conmigo. Franco lideraba la marcha.