[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Avancé por el pasillo sin fijarme en los cuerpos que pisoteaba al pasar, tan rápido que mis pies parecían una ráfaga de viento intempestivo. Sus gemidos de dolor se perdieron entre las sirenas de emergencia que reverberaban en el pasillo, a una frecuencia que no alcanzaba a neutralizarme y tornaba confuso el escándalo del baño de sangre que ocurría más adelante. Empujé otra puerta con el hombro, solo para descubrir otro reguero de cuerpos esperándome en el camino abierto.
Presioné a Anahí contra mi pecho para evitar que la puerta le golpeara la cabeza al cerrarse. El cabello enmarañado se le había pegado a la sangre que le subía hasta la mandíbula; se lo aparté como pude del rostro, pero ya se le habían apelmazado las pestañas sobre los párpados cerrados.
La impotencia me quemaba las venas. La sujeté con fuerza, como si al tenerla tan cerca de mi corazón desbocado pudiera despertar el suyo, con mis dedos inútiles alrededor de sus piernas y cintura. No hallaba la forma de sujetarla; lo hiciera como lo hiciera, su vida no dejaba de escurrirse entre las rendijas de la mía.
Adelanté el hombro al llegar a la siguiente puerta, sin disminuir la velocidad, y volví a apretujarla para protegerla con mi cuerpo. Mis labios rozaron su fría oreja.
—Resiste —murmuré. Los piercings me hicieron cosquillas en los labios—. Vamos, Ani. Un poco más.
Aquí, la matanza era tanto más pronunciada; los cuerpos estaban boca arriba, algunos rematados, como si ella se hubiera detenido a asegurarse de que el trabajo estaba bien hecho, y el eco de los disparos, los alaridos y los golpes era inconfundible del otro lado de la pared. Sin piedad. Sin compasión. Diana estaba cumpliendo con su palabra como si fuera su propia vida la que se iba en ello.
En lugar de seguir su rastro como llevaba haciendo desde las escaleras a la azotea, solté con cuidado las piernas de Anahí y la sujeté lo mejor que pude contra el cuerpo para alzar el arma con la mano cicatrizada y abrir de una patada la puerta de la sala más próxima.
Había estado pocas veces en ese lugar a lo largo de los años. Era como regresar en el tiempo a la época en la que todavía tenía una relación real con mi hermana, cuando fue a mí a quien le habló del bolígrafo en la garganta de la tía y yo misma me paré en ese lugar para ver cómo la daban por muerta.
Le apunté a uno de los enfermeros que se escondían tras los muebles. Una mujer agazapada en la esquina de la habitación gimoteó de terror al escucharme martillearla. Otra mujer, una doctora ya avejentada, levantó las manos al aire mientras me lanzaba una mirada adusta. El arma tembló ligeramente, a pesar de la decisión con que la sostuve.
—Lo lamento, pero debo pedirles que la salven. —Poco a poco, dejé que el peso del cuerpo de Ana se apoyara en el piso. Cuando estuve a punto de perder el equilibrio, tiré de ella para que su rostro regresara a su lugar contra mi pecho. Abrí la boca, tanteando las palabras que salieron solo después de varios intentos como un hilo roto—; se está muriendo.