33 - Cabrear a un ángel

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El viejo Glenn's se había convertido en un punto neutro para reunirnos

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El viejo Glenn's se había convertido en un punto neutro para reunirnos. Teníamos la regla tácita de que los Pierre eran los únicos vetados del recinto, donde usábamos cajones como asientos y nos comunicábamos con gruñidos que brotaban de la base de la garganta. El trozo de cartón con la cara grafiteada estaba en el suelo cuando llegamos. Pisoteado, olvidado. De todas formas, con la fiesta de aquel día ya no bastaba para cubrir el hueco en el vidrio.

Franco iba por delante de nosotros, bajando al sótano con confiados silbidos. Sus pasos caían como plomo, se extendían hasta el sótano y regresaban rebotando por las paredes pintarrajeadas. Se le caían los pantalones por el tirón de sus manos en los bolsillos con cada paso. Estaba tan delgado que el elástico apenas se sujetaba a su cadera huesuda. Cuando se rascaba el pecho, todo el abrigo se movía como una sábana que tenía echada encima.

Incluso Elilia tenía un cuerpo más robusto que el suyo, y su cintura de por sí era tan pequeña que podía rodearla con un brazo.

Se dio cuenta de que alternaba la mirada entre uno y otro, porque se olvidó de los carteles que leía en la pared, arrancados a jalones la mayoría, y pasó a indagar en mi interés.

Una ceja arqueada. Mis hombros que se movieron. Sus cejas que cayeron, en un bufido que no emitió. Gestos. Nos bastaban los gestos.

—Eres muy pequeña comparada con Liz.

—Liz es como papá, yo salí a mamá —explicó desinteresada—. Mi tía Katia medía metro y medio, dicen que mi prima Laura también.

Mis pies por poco tropezaron.

«¡Matti era mi amigo!».

Matteo Pierre, su muerte...

Le di un vistazo casual, como si no fuera nada. Las pecas ahora parecían picar en mi propia piel, el cuerpo menudo y con buenas curvas, el tono castaño que nacía en sus raíces y devoraba unos centímetros que debían pertenecerle a la tintura plateada. El interés de Cherry.

Franco me miró de soslayo, con los comentarios picándole en la punta de la lengua. Pude ver la rapidez con la que los cabos sueltos se unían en su cabeza, relacionando el nombre con la escena entre Alessandro y yo. Él lo había atestiguado todo con Soledad.

Mi expresión asesina no mantuvo su pico cerrado.

—¡En serio! ¿Tu prima es como tú? ¿Tiene tus ojos? ¿También nació canosa? ¡Yo tengo una prima que tiene como veinte y ya está llena de canas! O tendrá treinta, no tengo...

Lili lo cortó a la mitad, tomándose como algo natural su divague de vecina chismosa. Si notaba mi tensión, lo calló.

—No sé, la última vez que vi a mi prima tenía como tres años.

Franco estaba sediento de información. No fue consciente de cuando sus pies comenzaron a ralentizarse en la escalera, de cómo su cuerpo se dio vuelta para enfrentarla.

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora