[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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El silencio que me alcanzaba en el garaje era similar al que recordaba de la primera vez que mi hermana salió de la rehabilitación, cuando fue solo vómito y ausencia. Me esforcé por hacer el mayor ruido posible mientras trabajaba para reemplazarlo con algo.
La mitad de la camioneta estaba fuera para darme espacio, así que la luz natural del atardecer me guiaba dentro del garaje. Había colocado un par de banquetas para formar una mesa precaria y martilleaba con golpes secos y estruendosos a un pedazo de madera para incrustar clavos en puntos específicos marcados a carbonilla.
A cada golpe, pensaba algún verso.
Si me hubieran preguntado cuál era mi mayor deseo en la vida
hubiera respondido entonces con mi arte.
Aplasté la cabeza del clavo.
Si lo hicieran hoy, diría «anarquía».
Atravesó la madera y su cuerpo entero quedó sobresaliendo en el aire, amenazando con clavarse en la carne de quien fuera.
Mamá se asomó por el costado de la camioneta, vestida todavía con el uniforme del trabajo. El olor a químicos para limpieza la acompañó. El martillo se me desvió a último segundo, causando un golpe contra la madera que la marcó e hizo saltar las orejas de Meg.
—¡Ma! No te oí llegar.
Arrastró los pies un par de pasos, dejando un rastro de tierra en el suelo de cemento.
—Todavía no entré, pensé en pasar primero a verte —dijo—. ¿Qué quieres cenar?
Me recargué en mi mesa improvisada, raspándome los brazos con la madera astillada y tirando la carbonilla por accidente. Se partió en el piso y dejó pequeños trozos diseminados a mis pies. Mamá parecía pequeña a mi lado, tan frágil como una rama caída. El cansancio se había acentuado en sus ojeras durante las últimas semanas, me hizo sentir yo mismo como si tuviera humo en los pulmones.
—No deberías preocuparte por eso, ma. Deja que nos las arreglemos.
Ignoró lo que dije y desvió la atención a lo que escondía detrás.
—¿Qué estás haciendo?
Se aproximó para echar un vistazo a los bocetos en la pared. Hice una mueca.
—Una idea que empecé hace mucho.
Mamá asintió distraída. Me dio una palmadita en la mejilla, como solía hacer antes de dejar una habitación.
—Te afeitaste... —balbuceó—. Piensa en lo que quieres de cenar, voy a tomar una siesta y después me encargo yo.
Regresó por donde había llegado, con el bolso de mano casi arrastrado por el jardín. Consideré seguirla, pero acabé por tomar el martillo y volver a lo mío. Mientras acababa uno de los tablones de madera, el anteúltimo, esta se partió por la mitad. Me aparté por instinto y sentí la carbonilla partirse bajo mis pies. La huella quedó impresa en negro sobre el cemento.