[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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Procuré evitar fijarme en Valentino mientras hablaba con su hermana por teléfono y distraerme con las casas que quedaban atrás. Solía ser natural. El Coronel estaba orgulloso de lo fácil que me era desconectar y ser un objeto más en la vida de los demás. Esta vez, no pude evitar prestar cierta atención a palabras aisladas que me llegaban a los oídos.
Volar. Casa. Asuntos. Favor.
Me obligué a prestar atención a la familiar calle. Desde el caos desatado algunas noches atrás, la ciudad se había sumido en un extraño estupor. Valentino ni siquiera se detuvo en los semáforos; siguió de largo, sabiendo que fuera no había nadie a quien atropellar.
—Aquí —le indiqué, señalando al frente enrejado de una casucha triste a mitad de la calle—. ¿Esa es...?
—¿Quién?
Valentino detuvo el Mercedes en la entrada al garaje. En lugar de responder, me apresuré a salir del vehículo.
Una cola peluda se sacudía en la entrada. El animal arremetió con sus patas delanteras contra la carrocería antes de echarse contra mi cuerpo. Me tiré de rodillas en la acera, sucia y rota y vieja, y abrí los brazos para recibir su cuerpo cálido y pesado.
Mégara se me echó encima, con un llanto desesperado que retumbó dentro de mi cráneo y amenazó descomponerme. Recibió mis caricias con lameteadas incesantes.
Valentino aguardó a un costado del Mercedes durante lo que pudo haber sido un cuarto de hora hasta que me atreví a levantarme. La seguí acariciando mientras miraba la casa.
Era el mismo lugar en el que nos habíamos refugiado durante tantos días y noches, solo que con un aire desolado. Las plantas de Gloria colgaban cabizbajas a los lados del sendero de la entrada y la tierra del camino que daba al garaje estaba seca como roca sólida. Hacía al menos tres meses desde la última vez que Tadeo estuvo allí con la camioneta de su padre. Parecía mucho más tiempo; una vida, tal vez, y un poco más.
Llamé al timbre de la casa, justo sobre el buzón. Valentino metió la mano entre las rejas y sacó de dentro del buzón un bulto de cartas, con la tinta corrida por el agua.
—¿Cuándo llovió por última vez? —preguntó, acercando una factura a su rostro a la vez que achinaba los ojos para leer a pesar de los borrones—. Hace una semana, ¿no?
—Algo así —musité, inquieta.
Llamé con mayor insistencia al timbre. Tal vez no había regresado, después de todo. Habría tenido sentido; la noche de los saqueos, Valentino había accedido a llevarse a Anahí a un lugar seguro mientras yo iba por Charlotte, y Tadeo había sido arrestado después de ser encontrado encadenado como un perro a la azotea. Nadie había hablado con Gloria sobre el paradero de sus hijos; el arresto de Tadeo había pasado desapercibido para la prensa y el estado de Anahí era un secreto que Charlotte insistía en conservar con recelo. Ni siquiera yo sabía dónde estaba, solo que se encontraba viva. O, más bien, al borde de la vida.