[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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En mi familia abundan los secretos; secretos que le ocultamos a otros y que nos ocultamos entre nosotros. La gracia que siempre tuvo ser el cero de la familia era que yo conocía la mayoría de ellos.
Cuando papá llegaba con sus escoltas, optaba por hablar en español porque, entre ellos y yo, yo era el mal menor. Algunas veces hablaba por teléfono conmigo cerca y se desprendía de las precauciones excesivas porque, por supuesto, poco interesaba que yo estuviera ahí.
Estar con Anahí era algo similar; la gente la conocía a ella y me ignoraba a mí. Era la primera vez que no me importaba ser invisible. Me había arrastrado hasta el parque de skateboarding que solía frecuentar, donde una multitud de conocidos suyos, drogados y borrachos en mayor o menor medida, la recibieron con los brazos abiertos.
Cuando le ofrecían droga, dudaba, me miraba a mí, luego a sus pies y luego negaba como si mover la cabeza le provocara dolor físico. Mecha, su mejor amiga, estaba ahí, y pude notar la tensión entre ambas por la renuencia de Ana a drogarse.
Me pregunté si habría sido así de no haber tenido mis ojos sobre ella. Quizás pensaba que correría a decirle a Tadeo, y estaba segura de que su única motivación era no decepcionarlo.
El parque no era pequeño; era, de hecho, uno de los principales puntos de reunión de la gente de su círculo. Grafitis se superponían a otros grafitis en las paredes y el suelo, en las rampas y hasta en los bancos. Algunos eran dibujos bien hechos, otros eran garabateadas de nombres y guarradas. El lugar en general era una explosión del mejor estilo grunge de los ochenta. Incluso me sentía parte con mi camisa de franela a cuadros y mis jeans rasgados, cubiertos de pintura por ser mi "atuendo de pintar por defecto", como mis amigos solían llamarle. Solo faltaba el rock viniendo de alguna radio sucia.
Casi se me escapó una risita por la idea. Recordaba alguna vez haber oído el ringtone de Anahí, una mezcla de punk y pop que me hacía imaginarla con el cabello cubierto de mechas rosas o violetas.
Me sorprendí cuando Anahí se detuvo frente a un grupo de gente y los interrogó directamente;
—Del uno al diez, ¿qué tan mal está la mierda por aquí?
Ellos se miraron entre sí, notándose lo perdida que tenían la mente y lo bajas que estaban sus barreras, y respondieron sin miramientos, contándole las novedades que Tadeo le negaba como si vomitaran las palabras.
Ana se las arreglaba para disimular lo poco enterada que estaba y lo desconectada que estuvo esas semanas en las que apenas se despegó de las sábanas. Al parecer, esa misma tarde hubo una manifestación nueva por la inseguridad que acabó en violencia y represión. Ana pretendió que ya lo sabía. Hubo problemas entre los dealers para vender su mercancía y el círculo estaba más tenso que nunca. La gente peleaba entre sí, incluso surgieron algunas balaceras a lo largo del día.
Ana estaba sentada sobre su patineta, con la espalda contra una pared de ladrillo con un grafiti con un nombre hecho con letras amarillas y violetas. Su actitud desenfadada, como si fuera parte de la pintarrajeada contra la que se encontraba, era extraña. Me hizo preguntarme por qué me había arrastrado allí si no quería estar.