[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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Hasta que me arranqué un trozo de uña con los dientes, no pude parar de morderme las uñas, e incluso así no lo hice; miré con desconcierto la uña irregular un minuto, bajé la mano, y no pasó un minuto antes de que me diera cuenta de que estaba haciéndolo de nuevo.
Desde arriba era el único punto que había hallado para poder ver lo que hacían. Meg se mantenía pegada a mi lado, tensa. Una multitud se había congregado alrededor de los sujetos que se ocupaban de encadenar a Cherry a la jaula de perros más grande que teníamos. Era apenas lo bastante grande para que ella cupiera de rodillas, sus manos tirando por las muñecas de las esposas aferradas a las rejas sobre su cabeza. La había visto ebria, furiosa, destrozada, incluso la había visto mucho antes de ser Cherry, cuando era una adolescente frágil y rota, y no recordaba una vez que su ropa hubiera estado desarreglada o su cabello despeinado.
A pesar de eso, lo único que hacía era mirarlos.
Ellos le gritaban, la provocaban, se estiraban para alcanzarla, la grababan y transmitían su humillación en vivo y ella solo los miraba, impasible, con esos ojos intensos que hurgaban dentro de la piel hasta lo que dormía en la genética, como si ellos fueran el animal de circo detrás de las rejas.
Una parte de mí quería admirarla por ello. El mundo ardía en llamas alrededor de ella y se negaba a dejarse quemar por alguien más que ella misma.
Distinguí la figura delgada que acababa de ingresar y buscaba entre la multitud. Tomaba a la gente por los hombros y los empujaba fuera de su camino con ademanes desdeñosos y entusiastas. Compartía la emoción, la sobrecarga de adrenalina, de los demás. Le tomó una ridícula cantidad de tiempo mirar arriba. Si tenía que adivinar, diría que fue por pura casualidad y no por ingenio, porque eso era algo que le escaseaba desde... Pues, siempre.
Franco se apresuró a atravesar el grupo para dirigirse a las escaleras y subió de dos en dos con los largos palillos que tenía en lugar de piernas. Di una calada a mi cigarrillo mientras aguardaba. Meg retrocedió y se escondió detrás de mis piernas. Cuando me alcanzó, Franco me dio una palmada en el hombro y el impulso de la carrera por poco lo hizo tropezar.
—¡Eh, te estás perdiendo la diversión!
Lo desestimé con un gesto rápido.
—Ve sin mí —dije, volteando de nuevo hacia abajo—, yo no voy a quitarle el ojo de encima.
Di golpes ansiosos con la colilla del cigarrillo contra la barandilla. Los hilos de humo que se desprendieron de él bailaron y dibujaron líneas sin forma en el aire sucio. Franco soltó una ruidosa exhalación cargada de hastío y energía. Se inclinó hacia adelante sobre la barandilla y dejó que la mitad de su cuerpo colgara en el aire para plantar su rostro frente al mío y obligarme a prestarle atención.
—Jo, mira, no irá a ningún lado, ¿entiendes? Atada. No se puede escapar. —Soltó la barandilla e hizo entrechocar las muñecas para hacer alusión a las esposas de Cherry. El movimiento lo hizo tambalear y casi lo lanzó en una caída de un piso de altura—. ¡Woa! ¡Jo, eso hubiera estado feo! ¿No crees?