25 - Caídos, no derrotados

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Las ruedas de la patineta eran mucho menos ruidosas con el renacimiento de la vida

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Las ruedas de la patineta eran mucho menos ruidosas con el renacimiento de la vida. El sol todavía no salía, pero la incipiente mañana comenzaba a aclarar el azul intenso de la noche. Luces anaranjadas me cubrían mientras rodaba por el medio de la calle.

Tanto personas que iniciaban el día como los que acababan el anterior pasaban ignorándonos. Con el pecho inflado y las lágrimas entre las pestañas, seguía mi camino sin dirigirme a nadie, ni siquiera a Liz cuando me hablaba.

—Ana, por favor, para un momento...

Con un pie impulsé a la patineta. Ella me siguió con facilidad. Ya sabía que estaba en buen estado físico, pero tarde o temprano se cansaría.

—¿A dónde vamos?

Pasé de ella. Probé con ir más rápido. Con un trotecito me alcanzó. Esperó hasta que un hombre que pasaba siguiera de largo para insistir.

—¿Qué piensas hacer?

—¡Déjame sola!

Se detuvo. Seguí unos cuantos metros más, pero pronto paré también. Ella miraba al suelo, avergonzada, con los hombros encogidos y las mejillas sonrojadas. Miraba de un lado a otro, estancada en el lugar. Me sentí fatal cuando sus pies comenzaron a arrastrarse, con la misma pesadez que sus labios, estos trataban de balbucear algo y dejaban solo sonidos penosos detrás.

Dio los primeros pasos para alejarse y yo solté un chillido que habría despertado a la madre Teresa.

—¿Te vas? —le reclamé—. ¡Eres frustrante!

Se paralizó. Boqueó, completamente confundida.

—Yo... Yo... no sé qué hacer.

—¡Haz lo que sea! —bramé, con un tono agudo que la hizo cerrar un ojo y removerse de dolor—. ¡Me pone nerviosa que te grite algo y lo hagas! ¡Eres como un perrito que hace todo!

—¿Qué más quieres que haga? —respondió, nerviosa—. ¡No sé leer entre líneas! ¡No sé lo que quieres!

El arrebato la tomó desprevenida. Apretó los labios en cuanto acabó y miró al suelo, como un niño bueno que acababa de portarse mal. Me tocó los ovarios verla como una oveja temerosa de los lobos.

¿Cuándo iba a aprender a mostrar algo de carácter?

¿Cuándo iba a aprender yo a ser un poco como ella?

Molesta con ella para no tener que enfrentarme a mi molestia conmigo misma, le di la espalda y reanudé mi camino. Las ruedas volvieron a llenar la noche. Esta vez, ella abandonó la persecución.

—¿A dónde vas? —indagó, ya rendida.

—Me cansé, necesito fumar algo y Tadeo no va a darme una mierda.

Lo siguiente que escuché fueron sus pies, dudosos al principio, corriendo para alcanzarme.

—¡Espera! —pidió. Aumenté la velocidad—. ¡Por favor, para!

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora