[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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3:42 AM
¿Plan A? El choque falló.
¿Plan B? Los hombres a los que contraté fallaron.
¿Plan C? Yo fallé. No conseguí que el camión los aplastara, fue más lento de lo que pensé.
¿Plan D? Simple: huir.
El plan D tenía su propia variedad de subplanes para ser ejecutado.
Una vez que me metí en la calle, me sentí más confiada. Él estaba herido y eso compensaba mi deficiencia física, así que la carrera fue pareja.
Cubiertos por las luces de neón acentuadas por la oscuridad nocturna, corrimos. Le lancé el casco cuando estuvo cerca, dándole justo donde le dolía.
Corrí. Crucé esquinas por la mitad, doblé en ciertas calles, seguí otras. Conocía al dedillo la ciudad y lo aproveché al máximo.
¿Quién decía que ser una perra callejera no tenía sus ventajas?
Pero en ese momento no me sentí así, sino una gata callejera, perseguida por un perro rabioso y hambriento.
Cuando vi mi oportunidad, conseguí que el muy impulsivo corriera frente a un auto que por poco no lo arrolló. Seguí buscando puntos con los que ganar ventaja, tácticas rápidas con las que pudiera abusar de su ciega ira. Podría haberle disparado, pero siempre podía recurrir a la actuación de la pobre chica perseguida por un lunático y ser la única armada me lo habría quitado.
Debería haber ido con los chicos al gimnasio, me recriminé cuando comenzaba a ceder a la fatiga. Tenían razón, mi estado físico acabaría conmigo algún día.
Pero no ese. No sería el día que dejara a un imbécil matarme.
Eché un vistazo atrás. Se veía como una fiera, con el abrigo viejo de siempre cubierto de sangre y diversos cortes que sangraban en el rostro. El cabello, corto como siempre, lo tenía cubierto por los restos del muerto. Su piel se veía mucho más oscura, su complexión más amenazante de lo que era en comparación con mi escueto tamaño. Una ilusión que me podría haber puesto los pelos de punta...
Si esa misma complexión no me hubiera dado una idea.
No contuve la sonrisa. Seguí corriendo mientras me centraba en mi audición, esperando a notar algún auto que se acercara en el momento correcto. Divisé el hueco correcto entre dos autos y me metí por adentro, apenas rozándose mi cuerpo con la chapa. Se retrasó los segundos necesarios al tener que saltarlos.
El auto no consiguió detenerse a tiempo. Le dio de lleno por el costado, causando en mí una mueca reflejo cuando lo echó a rodar por el asfalto. Libre un segundo de la presión, me permití detenerme. Quería reír, más por los nervios y el corazón desbocado que por su cantada derrota.
—¡Tan cabezota y no sabes usar la cabeza!
Seguí mi camino, porque sería egocéntrica, pero no tonta.
Él también corrió.
Dos cuadras más. Fijé el objetivo en mi cerebro para olvidar los reclamos del cuerpo. Ya podía escuchar los pocos autos de la madrugada, atisbar la fuerte luz del semáforo...
El muñeco en el semáforo peatonal comenzó a titilar y consulté mi reloj digital. En la corrida, apenas pude distinguir algo en la luz roja que se sacudía. Guiándome por un cálculo rápido de los que solían fallar, conté los segundos pasados y los faltantes. Doblé en la esquina.
Diez... Nueve...
Luego de un par de segundos más, cuando pensé que el semáforo estaría por cambiar, confié en la estúpida costumbre humana de tropezar mil veces con la misma piedra. Crucé la avenida.
Comprobar que tropezó con esa piedra fue una lástima. Tadeo siempre me había parecido un chico listo.
Con el coro de bocinazos, sentí el peso del mundo dejando mis hombros. También un profundo deseo de reír como desquiciada, sofocado por mis pulmones ardientes y la prisa por seguir huyendo. Prácticamente me arrastré, ya incapaz de seguir, hasta la entrada del metro. Bajé los primeros escalones y me derrumbé.
Un silbido similar al de un muñeco de goma brotó de mi pecho. Miré al cielo tras apoyar la cabeza contra la pared grafiteada. Mi visión estaba borrosa, apenas capaz de distinguir el hilo de plata que era la luna.
Revisé el reloj. Ni siquiera eran las cuatro de la mañana.
Con las manos temblorosas saqué el teléfono del bolsillo. Me quité el guante con mayor torpeza de la acostumbrada. Llamé a Alessandro, pero ni siquiera estaba segura de cómo explicar lo mala que era la situación.
Le había pedido el favor a gente significativa en la ciudad porque confiaba en ellos, quería personas eficientes que me aseguraran un buen resultado. Tadeo tenía que morir. Jack, Franco. Arruinarlo iba a ser el mensaje necesario para dar un paso a mi favor. En su lugar, lo había dado en contra.
Cuando Ale atendió, deseé que no lo hubiera hecho.
—¡Reina! —Las risas y el inconfundible ruido del bar me inquietaron—. Estamos a mitad de una partida, ¿vienes a unirte?
Traté de hablar. Exhausta, sedienta, no hubo forma de que articulara palabra. Pasado un rato, la voz de mi amigo había perdido todo su ánimo.
—¿Cher?
—Ven a... buscarme... —Respiré pesado, tratando de recuperar el aire llevado por esas palabras—. Ahora.
Colgué. Le envié mi ubicación y guardé el teléfono. No estaba de humor para preguntas que no tendría fuerzas de responder.
Como si el cansancio me convirtiera en un líquido me derretí en el peldaño, estirándome boca abajo y cubriéndome el rostro con los brazos y el cabello suelto. Había perdido la coleta y no tenía forma de atarlo. Con el paso de los minutos recuperé algo de mi estabilidad.
Miré al grafiti contra el que antes me había recostado. Palabras garabateadas sin gracia, color naranja.
«MUERTE A LA REYNA».
Bufé. Ni siquiera sabían escribir "reina".
Rodé para aterrizar boca arriba en el siguiente escalón. Mi cabello siguió extendido sobre el anterior, reflejando el neón rojo de un cartel de la galería. Me puse de nuevo el guante.
Cuando corriera la voz sobre quiénes y cómo habían muerto, estallaría la guerra. Era el momento de debilidad que estaban esperando para darle rienda suelta a la sangre. Necesitaba actuar rápido, adelantarme, pero mis piernas tambaleaban con la sola idea de hacer un esfuerzo más.
Además, ¿qué haría? ¿Volver a ir contra Tadeo? Ahora que sabía que estaba con Elilia, no podía solo demostrar lo fácil que me podía ser localizarlo y matarlo. Eso sería reconocer que sabía llegar a ella, y no quería que su padre la alcanzara. No, al menos, hasta que yo tuviera toda la información que quería.
Y, para colmo, bajo mi cabello había un rastro de sangre de la herida causado por una de las torpes balas de Franco.
Tadeo no tenía ideade la mierda en la que me metió.