[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Me detuve al escuchar a mi hermana mascullar un «mmm» distraído y extrañado. Me sujeté de la barandilla y volteé hacia ella. Tenía el cuello estirado para ver mejor hacia arriba.
—¿Qué...? —comencé a preguntar, pero me congelé al distinguir una figura sentada al borde del tejado.
Sus piernas estaban cruzadas y colgando con perezosa elegancia contra el cielo oscurecido, casi negro, ceniciento. A pesar de la brisa fresca que corría, no llevaba abrigo de ningún tipo; vestía una camiseta de un tono rojo que relucía contra el cielo, sus brazos descubiertos hasta las manos enguantadas con las que se sujetaba. La trenza le caía sobre el pecho, le despejaba el rostro y enseñaba con claridad la mirada punzante que tenía clavada en mí.
Había algo en los ojos de Cherry. Eran intensos, astutos, capaces de descubrir hasta el último de mis secretos. Eran una pesadilla por sí mismos.
Me adelanté hacia las escaleras y dejé a Anahí atrás.
—Quédate aquí.
Me sujeté de las paredes para subir de a dos los escalones. La escuché bufar, pero ya estaba llegando al rellano.
—Eres un borde —se quejó—, no sé cómo puede ser que alguien te quiera.
Pasé las manos por encima de las paredes azules del motel y casi volé al saltarme la pasarela que daba a las habitaciones superiores. Seguí subiendo por un tramo que se notaba mucho menos frecuentado que el anterior, hasta que doblé el rellano y me encontré con la salida al tejado. Estiré las manos por delante de mí y embestí contra la puerta. El picaporte dio contra la pared y arrancó algunos trozos, que cayeron detrás de mí después de que hubiera atravesado el umbral como un fogonazo. Pateé fuera de mi camino las latas de pintura en aerosol que no me había atrevido a recoger desde que Elilia había partido.
—Pensé que estaba imaginando cosas, pero no —mascullé, con una mueca que enseñaba mis caninos al hablar—, resulta que eres tan suicida como el resto de nosotros.
En ningún momento me quitó la vista de encima, aunque eso significara darle la espalda a la vista abierta de la ciudad. Aquello me hizo enfriar lo suficiente la mente para poder moverme con cautela los últimos metros, asaltado por el recuerdo de aquella vez en el espectacular, cuando había utilizado los reflejos para vigilarme.
Esta vez, giró las piernas sobre el parapeto para quedar sentada de cara a mí, y volvió a cruzarlas. Un gesto desdeñoso digno de una dama.
—De hecho, estoy más interesada en sobrevivir de lo que podría parecer.
—Entonces deberías pensártelo de nuevo. Enviaste a tu novio a arruinarme la existencia, ¿te parece que estás en un buen lugar?
—Así que conociste a mi ángel —comentó con calma, ignorando el resto de lo que dije.
Me crucé de brazos, inquieto por algo extraño que capté en su voz. Una nota más aguda de lo normal, un leve, muy leve, desliz en su matiz aterciopelado.