35 - Caído del cielo

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Al día siguiente, todavía nos quedaba la mitad de la cena de la noche anterior

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Al día siguiente, todavía nos quedaba la mitad de la cena de la noche anterior. La ausencia de Franco y la televisión enmudecida hacían más notorio el silencio colgando en el aire. Las piernas de Liz y Ana se enroscaban con familiaridad entre sí, y, aunque Liz se notaba más regia que la despatarrada de mi hermana, se mostraba igual de cómoda.

Lili comía en el alfeizar de la ventana, con una pierna colgando y la otra, flexionada, funcionándole como mesa para el cuaderno en el que garabateaba con desdén. Tomé otra porción para mí y me eché al suelo, con el pie colgante de Lili rozándome el brazo cada vez que lo balanceaba.

Entre todos flotaba una animosidad ausente. La conversación no había salido bien. Era solo cuestión de tiempo para que Elilia nos apuñalara con el tenedor.

—Amo la cocina de su madre —comentó, pasando su sonrisa por todos—, cocina con amor.

Pudimos escuchar el tenedor de Lili apuñalando su plato con desdén. Desde abajo podía distinguir la fijeza de sus pupilas en la comida, la tensión en un rostro que apenas parecía aburrido. Lo removía sin levantarlo.

Por fin se acercó el tenedor a la boca, procurando ver la pared y no a mí.

—Sí —comentó—, no recuerdo lo que era la comida materna.

—Mamá nos cocinaba bastante.

—Qué bueno que tú recuerdes eso, yo solo la recuerdo gritando.

Ambas siguieron como si nada, como si hablaran de alguna anécdota cualquiera.

Un par de golpecitos contra un plato me llamó la atención. Ana me lanzaba miradas significativas, haciendo gestos hacia la chica detrás de mí, abriendo mucho los ojos y cabeceando hacia ella. Le respondí con el mismo disimulo, encogiéndome de hombros y enviándola a ella a hacer algo. Lili pretendió no notarlo.

Mi hermana resopló, dejó el plato y unió las manos en una sonora palmada que sobresaltó a Liz.

—¡Tengo un juego! —anunció—. Jugaremos a terminar con nuestras diferencias diciendo lo que nos molesta. Yo primero: Tadeo, me molesta que seas un sabelotodo arrogante y fastidioso, pero sigues siendo mi hermano y te estimo.

Silencio. Los tres intercambiamos miradas desconcertadas, olvidando de momento la tensión.

—Eh... ¿Gracias?

Asintió, complacida de mi respuesta. Se concentró en las chicas.

—¡Ahora ustedes!¿Elilia?

Lili levantó una ceja. Liz se encogió con el silencio en los segundos que pasaron, quizás esperando que su hermana resoplara fastidiada y la enviara al diablo.

La chica dejó el plato en la mesita.

—Bien. —Clavó los ojos agudos en ella—. Me molesta que no valores lo que tienes.

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