47 - Las brujas a la hoguera

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La motocicleta se inclinó al tomar la siguiente curva, tan rápido que Elilia se tuvo que sujetar a mí con una fuerza que estuvo cerca de partirme las costillas

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La motocicleta se inclinó al tomar la siguiente curva, tan rápido que Elilia se tuvo que sujetar a mí con una fuerza que estuvo cerca de partirme las costillas. El aire me cortaba el rostro, como si estuviera compuesto de esquirlas de cristal, y apagaba el ruido al zumbarme en los oídos. Los edificios pasaban y desaparecían como un borrón de luces y sombras.

No había nada más en el mundo que las líneas del pavimento, cortadas de un tajo por las ruedas de la motocicleta. De repente, la calle acabó y tuve que dar un giro violento para no chocar y seguir avanzan-do; escuché el agudo grito que se le escapó a Elilia, y lo ignoré. El in-confundible sonido de una multitud avivada estaba latente en el aire. Estaba allí, y no estaba. Estaba en la gente y los trozos de vidrios que tuve que sortear mientras destruían vidrieras y escaparates y salían con electrodomésticos a cuestas en carritos de la compra y las alarmas me reventaban los oídos. Una barricada compuesta por humo y humanos me obligó a detenerme, con un derrape que le arrancó a Elilia otro grito sorprendido.

En medio de la calle que daba al parque se comenzaron a congregar un grupo de personas con sus ojos clavados en nosotros. Sus sonrisas sucias y torcidas se perdían en los gritos provocativos que lanzaban y se confundían entre sí.

—Para... ¡Para, carajo! ¡Ay! —se quejó cuando acabé de bajarme y el peso de la moto tambaleó con ella todavía encima. Se apuró por alcanzarme—. ¿Ahora qué? ¿Tienes un plan o solo piensas probar suerte a ver qué tan rápido te matan?

Seguí caminando con la cabeza erguida, a pesar de dos armas que me apuntaron a la cabeza con recelo.

—Ahora pasamos —respondí, como si eso fuera alguna clase de plan funcional.

Elilia se apretó más contra mí para pasar, tanto que escuché cómo chasqueaba la lengua con impaciencia.

—¿Cómo? No creo que les agrades y... —Se calló abruptamente, y se soltó de mí para correr hacia los sujetos que ahora evocaron toda su atención y sus risillas insidiosas en ella—. Franco, ¡Franco! ¡Ey, Perro!

Se abrieron para dejarla alcanzar a un sujeto que pasaba corriendo por allí entre risas histéricas, cubierto de mugre y lo que parecía sangre. Enseñó una abierta sonrisa desdentada cuando Elilia se quitó el casco y se metió entre ellos, relajándolos lo suficiente para que se olvidaran de mí y yo pudiera pasar de cerca. Elilia me echó un vistazo rápido e inquieto antes de darme la espalda por completo y llevarse su atención con ella cuando el chico echó sus escuálidos brazos alrededor de los hombros de ella.

—¡Jo, Perrita! ¡Mira que te tardaste! ¿Dónde estabas? Ese hijo de puta lleva días lloriqueando por ti. Las que te perdiste, chica. ¿Sabes qué? Deberíamos...

Hablaba tanto y tan rápido que en nada dejé de escucharlo, igual que a ella, que pasó a ser poco más que una voz en el mar de gritos y rugidos y desesperación animal que componía la multitud.

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora