26.2 - Hogar

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—Estamos ganando esto

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—Estamos ganando esto.

—No, ustedes creen que están ganando —replicó su interlocutor—. Denle tiempo y verán cómo Cherry los hace mierda. Están jugando con fuego. Tú tendrías que saber mejor que nadie que eso es estúpido, Flama.

Cherry. No había escuchado hasta entonces su nombre.

Tirando de la cadena de Meg, me alejé de la puerta cerrada del depósito de la tienda de suministros policiales.

Franco, contra todo regaño de Tadeo, me había explicado lo que hacíamos ahí. Tenían en frente al principal aliado de la chica y mayor traficante de armas de la ciudad; Hamlet. Poco me habían explicado de lo que querían hacer, pero podía asumir un par de cosas.

Para entretenerme, regresé a mi vagabundeo por la habitación. Ojeé la numerosa decoración de calaveras —motivo del apodo del hombre, según Franco me comentó al llegar—, disimulando cuando pasaba por los objetos que el hombre tenía en exposición. Me incomodaba mostrarme muy interesada frente a las cámaras.

Regresé a mi puesto junto a la cortina cerrada, atenta a que nadie se acercara. Excusas de Tadeo para mantenerme apartada.

Durante los siguientes minutos me acompañó el arrullo de motores que pasaron por la calle. Cuando alzaban la voz lo suficiente, podía alcanzar a rescatar trozos de la conversación. Negocios de una guerra a la que no pertenecía, en la que estaba metida solo por huir de otra guerra que tampoco era mía.

Del bolso saqué el cuaderno de Tadeo, el cual seguía olvidando devolverle, y comencé a garabatear dibujos vagos sobre un poema. A pesar de la sensación de estar invadiendo su intimidad, leí un par de líneas.

Y es que no odio mi hogar, tal vez sí a mí mismo

porque "hogar" no tengo, tal vez sí un lugar del que vengo

si no soy de dónde vengo, entonces depende de mí mi ser

y si soy pura obra mía,

pintado primero con jugo de ácido limón

y quemado luego como carbón

entonces no tengo más que a mí mismo a quien culpar.

Negué con la cabeza, regañándome por leer sin su permiso. Tenía su alma pura en mis manos y no podía jugar con ello, procuraba no recorrer las páginas más de lo necesario. Un rincón en blanco me bastaba para distraerme.

Un maullido me paralizó. Los ojos inocentes de Mégara me miraron curiosos cuando alcé con dolorosa lentitud la cabeza, temerosa de encontrarme con lo que esperaba. A un par de metros de distancia, un gato gris estaba sentado con completo descaro. Sus ojos azules, clavados como agujas en los míos, me dieron un escalofrío.

La perra ladeó la cabeza, curiosa por mi extraña actitud.

—¿En serio no lo ves? —murmuré, tratando de mantener a raya la ansiedad—. Vamos, Meg, no puedo estar loca...

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora