24 - Dioses griegos

14 3 71
                                        

Nunca habría imaginado que aquél chico cabizbajo, recargado contra la pared traslúcida de la parada de autobús cubierta por grafitis y folletos en blanco y negro, echado en la banca con la cabeza entre las manos y el hocico de Mégara en su regazo,...

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Nunca habría imaginado que aquél chico cabizbajo, recargado contra la pared traslúcida de la parada de autobús cubierta por grafitis y folletos en blanco y negro, echado en la banca con la cabeza entre las manos y el hocico de Mégara en su regazo, intentando en vano contenerlo. Mis pies se arrastraban por el suelo, inseguros de cómo actuar.

Eran ya las cinco y media de la mañana, habíamos pasado antes a dejar la droga en Glenn's, donde un conocido de Tadeo nos saludó al paso y la resguardó, hablando algo sobre un "plan" y una revuelta en un bar. Mi acompañante lo escuchó con atención, como si la información valiera oro para él, pero mantuvo el rostro de piedra todo el tiempo.

Después me había tomado de una manera extraña por la espalda y arrastrado a prisa para sacarme de allí, entonces fue que noté que era su proveedor, el tipo del que me había protegido en aquella fiesta.

Ahora, después de haber abandonado el auto robado para no cargar con más problemas encima, él acababa de reconocer su dolor físico y se rindió a tan solo algunas cuadras de donde nos reuniríamos con los demás.

Poco había dicho en la noche, y poco tenía para decir. Los pies me mataban también, la muerte me rondaba cada tanto en la cabeza y me perseguían ideas que buscaba ignorar. Había metido mis cosas en el bolso que Anahí solía llevar a las clases de acrobacia en telas y lo cargaba aferrada a él. Era lo único a lo que podía asirme, porque no sabía cómo acercarme a Tadeo. Esta vez no por considerarlo un idiota inaccesible, sino porque tenía el alma entre las manos y yo temía que un mal movimiento la arrojara al suelo.

Si algo no quería, y si algo jamás se me cruzó que temería, era lastimarlo. Con eso y todo, ya no aguantaba esa imagen rota.

Me senté a su lado con movimientos lentos, mas no recelosos o cautelosos. La perra, del otro lado de él, me miró con tristeza. Tadeo no se movió. Tenía la capucha puesta, proyectaba sombras en su frente, lo poco que sus manos dejaban al descubierto. Sus cejas, oscuras y salvajes, estaban cruzadas por numerosas cicatrices. Se aplastaba las rodillas con los codos, estaba tan encorvado como podía. Raído el abrigo, cubierto de pequeñas manchas de pintura, emanaba un ligero aroma a limón que con frecuencia se desprendía de él. Lo tomé como un buen punto de partida.

—¿Te gusta el limón?

Resopló detrás de sus manos, sin bajarlas. Atisbé entre las sombras el movimiento de su mejilla, obra de una pequeña sonrisa.

—¿Es el sustituto de "te gusta el pan"? —bromeó con su voz ronca.

Eso fue un inicio para mí. Me recliné hacia adelante, con los pies cerca de los suyos y sosteniéndome de los lados, buscando su mirada.

—Siempre hueles a limón —expliqué—. ¿Por qué?

Hubo un minuto en que no se movió. De lejos nos llegó el rumor de autos que se movían en la mañana de sábado, ocupando el silencio entre ambos. La tela fue más ruidosa que él mientras dejaba caer las manos y se descubría el rostro. Lo tenía rojo, pero no lloraba.

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora