[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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—No, ¡no! Esto ha ido demasiado lejos. No vamos a hacer esto.
Me respondió un coro de risas sucias, interrumpidas por ataques de tos y hubo de marihuana. Alcé las manos al techo con un gruñido de frustración.
Alguien me dio una palmada desde atrás que me sacudió por completo.
—¡Ja! ¿Qué pasa, Fueguito? ¿Te da miedo? ¡Eh, miren, Tadeo le tiene miedo al fuego!
Las risas y burlas callaron cuando me lo quité de encima de un sacudón, expectantes de lo que fuera a hacerle a ese imbécil.
—Quítame tus putas manos de encima —dije entre dientes, y giré para enfrentarme con una mirada chispeante a los demás—. Lo que harán con esto no solo es una estupidez, es un puto suicidio. No voy a quedarme aquí a dejar que me maten por ustedes.
La fábrica abandonada estaba repleta, y aun así parecía que decenas de personas se habían detenido para escucharme gruñir y burlarse de mí por dar un paso atrás.
No iban a soltar un poco de fuego; incendiarían el puto infierno porque podían, porque habían ido lo bastante lejos para que ya no importara si avanzaban un poco más.
Les di la espalda y atravesé el mar de gente con pisotones furiosos. Muchos se abrieron paso, y otros tuve que empujarlos yo con el hombro para que me dejaran pasar, como si les pareciera una broma que incluso yo tuviera mis límites.
Escuché una voz conocida entre las demás, riéndose o instando a que le dieran paso entre insultos desdeñosos. Atravesé la salida abierta de la fábrica sin esperarlo y me precipité al exterior. Por costumbre, me di una palmada en la pierna para llamar a Meg, pero la había dejado en el Refugio.
—Eh, ¡Fuego! Para, hermano, que no puedo...
—Ni se te ocurra —ladré al aire.
Las piernas de fideo de Franco se enredaron y tropezó hacia delante al meterse entre dos personas que intentaban pasar. Trotó mientras soltaba esas risotadas sucias que me hacían querer partirle el rostro de un puñetazo.
—Va, no seas así, estás...
Planté los talones en el pavimento y viré sobre ellos. Justo antes de que Franco colisionara contra mí, tomé el cuello de su abrigó y lancé mi puño contra su tabique desviado.
Retrocedió con la mano en la nariz. Miró la sangre que le manchó la sucia piel y luego a mí, con la expresión desencajada por la sorpresa.
—¿Pero qué...? —masculló. Poco a poco, una arruga furiosa tomó lugar en su rostro—. ¡¿Y a ti qué carajos te pasa?!
Abrí y cerré los dedos para probar los nudillos magullados. Alcé la vista hacia él, a su cabello que se alzaba como paja quemada a una tarde todavía apagada por el cielo ceniciento, a esa sonrisa torcida.