Epílogo

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Las nubes formaban una pesada capa grisácea en el cielo que trastornó el tiempo; era plena tarde, pero daba la impresión de estar ya por entrar la noche cuando el ataúd vacío de Elilia Álvarez descendió la tierra

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Las nubes formaban una pesada capa grisácea en el cielo que trastornó el tiempo; era plena tarde, pero daba la impresión de estar ya por entrar la noche cuando el ataúd vacío de Elilia Álvarez descendió la tierra.

Enterrar ataúdes vacíos parecía ser ya una constante para las mujeres de su familia. Vacío estaba el de su madre, también el de su tía, y para su prima Charlotte había metido tan solo sus trenzas, que habíamos hallado cortadas en el baño del Refugio.

Era notable lo concurrido que estaba el funeral para tener a tan pocas personas cerca de la tumba. Compañeros y profesores, incluso gente que respetaba a su padre y no tenían idea de lo que sucedió entre ellos, todos apartados. Solo un par de sus amigos lloraban a los pies de la tumba.

Y Tadeo Gavilán.

Yo había entrado al cementerio mucho antes que el ataúd. Lo vi llegar, arrodillarse, apoyar la frente en la tierra y quedarse allí, como si compartiera su propia mente abandonara su cuerpo e intentara descender en la tierra hasta unirse a ella. Una parte de mí sintió algo similar a la pena. Incomodidad, más bien. Era difícil ver una llama como la suya reducirse a nada más que brasas.

Cuando el ataúd llegó, varios de sus amigos se acercaron para tomar una asidera. Elizabeth bajó del coche fúnebre y se dirigió directamente a tomar una también. Vestía de negro, un color que no le sentaba para nada. Solo su seriedad parecía coincidir con ella, con la coleta peinada con gel para el cabello y la rigidez de sus hombros cuadrados, y su paso de soldado, firme, diligente.

Una vez colocado, mientras los demás tomaron distancia y se reunieron con los testigos, ella se quedó cerca y se arrodilló junto a Tadeo. Ninguno siquiera miró al otro; Tadeo no pareció reconocerla, pero cuando Elizabeth tomó su mano en un gesto torpe y fraternal, él se la apretó.

Para cuando la fosa fue recubierta poco a poco de tierra, el sol ya había descendido entre las copas de los árboles y el cielo era de un tono cobalto mortecino. Entonces, todo el mundo volteó hacia la pequeña multitud que se acercaba en una peregrinación por el sendero entre las tumbas.

Cherry, ataviada en un su Montgomery negro y el cabello suelto en una cortina que cubría hasta los lentes de sol, caminó en respetuoso silencio a la cabeza del grupo. Sus dos hermanos venían detrás, con Markus al final. Una procesión enlutada, vestidos todos de un respetuoso y discreto negro.

Cherry me observó y asintió una vez, aprobando que me hubiera acoplado al color sin consultarlo. El único quiebre en la monocromía eran sus labios pintados de carmesí y la amapola roja entre sus guantes.

Los tres se rezagaron mientras ella caminaba. Se arrodilló en la tierra, al otro lado de Tadeo, y colocó la amapola frente al montón de tierra. Unió las manos en el regazo con respeto y se quedó allí.

Fue la primera vez en horas que Tadeo reaccionó; alzó la mirada con un abierto escepticismo y se quedó allí, aguardando a que Cherry actuara ante su turbación, pero no. Ella permaneció donde estaba, imperturbable, y Tadeo acabó por aceptar su presencia.

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