[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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Salté del helicóptero a la carrera. Recorrí la azotea con los remanentes de las ráfagas de viento de mi lado. Charlotte sujetaba a Tadeo por los hombros, intentando apartarlo de la cornisa. Él debería haber sido capaz de quitársela de encima a la fuerza, pero estaba enfocado en lanzarse a la nada por ella. Sus aullidos desgarraron el aire; era el nombre de Elilia una y otra vez, deformado por el despecho.
Charlotte perdió su agarre sobre él. Me lancé sobre él antes de que cayera y caí sobre él. Rodeé su cuerpo con un agarre férreo y lo presioné. Se retorció entre mis brazos, pero pronto se dejó estar, sin energía para otra cosa que mirar a la nada por la que vimos a mi hermana caer.
«Debes concentrarte». La voz de Markus en mi cabeza no era suficiente para bloquear el pesar que amenazaba con enloquecerme a mí también, pero la obligué a serlo. No podía permitirme la pena o la desesperación todavía.
—¡Tenemos que ir por ella! ¡Hay que ayudarla!
—¡No, detente! ¡Diana no va a matarla si puede evitarlo! ¡Olvídate de ella, tú tienes que irte!
Tadeo me apartó de un golpe. Se alejó de mí varios metros, agitado por la desesperación y la pelea inútil.
—¡Ana está muerta! ¡¿Quieres que deje a Lili también?! ¡¿Qué pasa contigo?!
Di un par de zancadas para cortar el espacio que él había intentado marcar y clavé los dedos en sus hombros.
—¡Mírame! —grité—. Anahí está viva y tienes que confiar en que Lili puede salvarse a sí misma. Lo hizo sola toda la vida.
Tadeo se quedó quieto, intentando procesar mis palabras. Las emociones atravesaron su expresión tan deprisa que no pude distinguir una sola de ellas. Sus piernas cedieron; se sujetó de mis brazos por instinto, en busca de un punto firme que le diera algo de estabilidad. Parecía un muñeco roto, incapaz de sostenerse por sí mismo.
Levanté la vista cuando vi una melena rubia alzándose por la cornisa detrás de él. Diana trepó con agilidad y subió a la azotea. En la penumbra, sus ojos, que tendían a oscilar entre los colores del río y del musgo, eran de un grisáceo similar al del humo que ascendía desde la calle. Se quitó el cabello del rostro, enmarcado por tatuajes que subían por la mandíbula y las sienes.
Se irguió con apenas una mueca de incomodidad por el golpe que acababa de recibir. Caminó hacia nosotros. Era como ver todo lo que nos había llevado a ese punto condensado en ella; mi hermana y mi madre y mi tía y mi prima y toda la historia que nos llevó a ese momento.
—¿Qué pasó con ella? —pregunté en alemán, sin soltarlo.
Se estiró para tomar el rifle que solía llevar a la espalda, pero Elilia lo había pateado en el forcejeo y estaba ahora en el otro edificio. Sacó en su lugar una pistola que llevaba en la cintura.
—No lo sé, ve a encargarte de eso si quieres, yo tengo que acabar con este —gruñó—. Hazte a un lado, Diecisiete.
Se detuvo a unos pasos de mí, esperando a que me moviera. Lo solté y me enderecé, con el pecho henchido de valor renovado.