[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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Cuatro sujetos tomaron la jaula por las esquinas y la echaron en la caja de carga de una pick-up con brutalidad. Apreté la mandíbula para ahogar las quejas un instante antes de que el impulso me zarandeara; las esposas hurgaron en la piel de mis muñecas y jalaron de mí. El peso de mi cuerpo contra las esposas me lanzó un disparo de dolor por los brazos que bajó hacia mi torso, como si quisieran arrancarme los miembros a la fuerza. Mi cabeza chocó contra las rejas y mis piernas, débiles por las horas que llevaba de rodillas, me fallaron al intentar amortiguar la caída.
Me permití poco menos que un segundo antes de forzarme a recomponerme. La forma ya familiar de las rejas contra mis rodillas entumeció el dolor al regresar a la postura anterior. Sacudí la cabeza para apartarme el cabello del rostro —hacía tiempo que mi trenza había perdido por completo la forma— y alcancé a ver la discusión que sucedía frente a mí.
Tadeo apartó a los demás de su camino. Atravesó la multitud de la misma manera que solo él atravesaría el infierno, como una fuerza inamovible, indiferente a los brazos que intentaron alcanzarlo y retenerlo. Se los sacó de encima con un manotazo, como si no fueran más que una molestia, lanzó primero junto a la jaula una mochila de la que salieron rodando latas de pintura en aerosol y saltó dentro de la caja de carga con eficacia. La capucha maltrecha de su chaqueta se descorrió, dejando ver su cabello de apenas tres dedos de largo y una cicatriz casi invisible que surcaba su sien hasta la ceja. Se acuclilló al precario borde, del que se sujetó con una mano callosa, y estiró la otra hacia el suelo.
Leí en sus labios un nombre pronunciado casi con cariño, a pesar de su tosquedad, y el mar de gente se abrió apenas lo suficiente para dejar pasar a un perro, con las orejas bajas y una actitud nerviosa. Se subió tan rápido como pudo y se resguardó al final de la caja de carga, detrás de la jaula, con sus ojos perrunos clavados en ellos.
Tadeo cerró la puerta trasera y se puso de pie. Guardó las manos en los bolsillos para mirar a los demás desde arriba. Su tamaño era una ilusión; sus hombros anchos y su presencia le hacían ver el doble de grande y amenazante. No pude leer sus labios desde ese ángulo, pero reconocí el desprecio y el desdén con que los mandó de paseo.
Desde abajo, varios sujetos lo ayudaron a cubrir la caja de carga y su contenido —la jaula conmigo adentro, la perra en la esquina, y un par de cajas que emanaban un fuerte olor a combustible— con una lona de un sucio azul. La jaula tiró de ella de manera que quedó un espacio abierto detrás. Ayudó a resguardar al animal, y no hizo mucho por evitar que me vieran a mí.
Tadeo hizo un asentimiento hacia la cabina de la camioneta y se aferró a ella mientras el motor comenzaba a vibrar bajo nosotros. El vehículo se sacudió bajo las incontables palmadas que le dieron al arrancar y la multitud salió del depósito abandonado detrás de la camioneta, a un paso tanto más lento que quedó atrás pronto y dejó en claro que nos seguirían.
En las calles, la gente estaba ocupada en una destrucción colectiva que solo podía comparar con la noche del incendio; acababan con ventanas y entraban y salían de las fábricas en medio de un escándalo que me alcanzó como ruido a los oídos. Muchos se fijaron en nosotros y ardieron en lo que parecieron aullidos extasiados.