[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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Esperaba sentada en las escaleras a que alguien regresara. Eran cerca de las once de la noche. Por primera vez en mucho tiempo, estaba completamente sola. Las chicas habían salido a comprar algo para comer horas atrás. Sin embargo, vi a Lili cuando guardaba una lata de pintura en la mochila. Aquello me dejaba con unas tontas ganas de llorar.
Cuando vi llegar a Franco y Tadeo, me levanté de un salto sin siquiera pensarlo. Con el mismo ánimo corrió a saludarme Meg, quitándome ese horrible nudo en mi garganta con su cariñoso hocico. Tadeo la llevaba sujeta de la cadena.
—¿Qué les pasó? —pregunté cuando la sucia luz los iluminó lo suficiente para distinguir el moretón que comenzaba a formarse en el rostro de Franco.
—Molestó a alguien. —Tadeo se encogió de hombros—. Lo de siempre.
Franco gruñó en respuesta. Con amargura inusual, nos esquivó y subió a su habitación, mascullando algo sobre la madre de quien lo golpeó y que moría de hambre.
Tadeo, con completa confianza, se dejó caer en el primer peldaño y comenzó a explicar lo que hicieron las últimas horas, como si necesitara poner en orden sus pensamientos.
Explicó que querían aprovechar el caos que casi matar a Cherry —como llamaban a la chica— causó. Dijo que habían esperado algo distinto a lo que se encontraron. Que hacía un año y medio atrás algo similar había pasado; quien estaba a cargo entonces había sufrido un intento de asesinato, alguien lo apuñaló varias veces y lo dejó para que se desangrara, y que fue el momento exacto en el que Cherry tomó el mando definitivo. Absorbió el desastre y lo dominó mejor de lo que otros habrían podido. De eso quedaron vestigios, y era de lo que querían sacar ventaja al matarla.
Pero no pasó. Nadie tomó el mando todavía, aparentemente. Y, sin embargo, la organización que sucedió al desastre tenía sus corazones en vilo.
Alguien se estaba ocupando de ganarles de mano, rápido y eficaz. Las órdenes volaban entre la gente y habían tenido tres tiroteos en distintas zonas de la ciudad, arrestos abruptos, personas que iban a ayudarnos a destrozar la organización nos dieron la espalda de la nada, quién sabía a cambio de cuánto dinero.
—Franco debería estar agradecido de que solo le hayan dado un golpe —farfulló Tadeo en un momento, casi pensando en voz alta—. Es hilarante lo intactos que estamos.
Si Ana hubiera estado con nosotros, probablemente le hubiera dicho que nadie usa la palabra "hilarante" en una conversación.
—¿Por qué lo golpearon?
—Porque saben que a nosotros se nos ocurrió plantarle la bomba.
Fruncí el ceño. Meg estaba sentada entre ambos en el escalón. Dejó de jadear como si la confusión también la embargara.
—Pero si lo saben, ¿por qué no los matan?
—Ese es el puto punto —gruñó.
Detrás de esa voz ronca y amargada, pude notar la preocupación. Miró hacia la calle, hacia donde le dije que Lili y Ana se habían ido. No teníamos forma de comunicarnos con ellas. Soltó un gemido frustrado y se refregó con fuerza los ojos.