[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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Se rumoreaba que Cherry se estaba recuperando con rapidez. Muchos creían que desconocía nuestros planeas —una ingenuidad tanto como una tontería—, otros que era débil y por eso no actuaba.
Yo creía que se guardaba algo. Un golpe final. Era el estilo de Cherry: esperar, planear, atacar.
Ángel y Corvo eran otra historia. Hacía años que no corría tanta sangre por esas calles. Atacaban con inteligencia, nada de golpes a gran escala como el de Glenn's, actuaban sin importar que los superáramos en número. Éramos cucarachas, nos escondíamos en grietas y les hacíamos la vida lo bastante complicada, pero ellos estaban demostrando saber lo que hacían.
Me mantenía pegado a los talones de Franco. Éramos suficientes para poder aislarnos en nuestros pequeños grupos, discutir a medida que íbamos y veníamos.
Llevábamos horas allí. En el suelo habían extendido un enorme mapa de la ciudad, con marcas hechas con marcadores rojos y pisadas ensuciando el papel. Nos habíamos sentado alrededor a conversar al respecto. Yo, por mi parte, estaba sentado detrás de Franco, escuchando.
Pretendiendo escuchar.
Ya no sabía lo que quería. A más crecía y se nos salía de las manos, menos claro lo tenía. No quería poder. Dios, no. El asunto era que, desde la bomba, no estaba seguro de querer más.
Era demasiado real.
Incluso más que el enorme incendio, que los muertos sobre los que oí en las riñas. Había algo en herir físicamente a Cherry que me incomodaba.
Tal vez si hubiera hecho algo más por idealista o vengativo. Muchas de mis acciones fueron solo ideas que fomenté. Era fácil hacer eso, decir «hey, a que sería genial plantarle una bomba en el auto», incluso era fácil ver cómo la hacían, pero yo no la planté ni la fabriqué ni la hice detonar.
La soledad daba espacio a pensar. Toda esa frustración que antes dirigí a Cherry, a las manos atadas por lo que a mí me parecía algo superior, era solo rabia contenida durante años que explotó por fastidio. Me fastidiaba que me dijeran qué vender, cuándo, dónde. Me fastidiaba que permitiera cosas como las peleas de perros. Luego, me fastidió al desmantelarlo, porque sentía que lo hizo solo por ser impráctico. Me fastidiaba, sobre todo, que yo no sentía tener ningún control sobre mi vida, porque incluso ella parecía poder decidir más que yo mismo.
Con la situación escalando, parecía insignificante.
—¿Qué dices, Fuego? —La voz de alguien me sacó de mis cavilaciones—. ¡No has dicho nada en todo el día!
No supe en realidad quién me habló, y la verdad fue que no me interesaba.
Señalé en el mapa un enorme parque.
—Estuve viendo este, podríamos llevar lo que conseguimos ahí y montar una hoguera.
A decir verdad, hice oídos sordos a sus respuestas. Solo quería salir de allí.