13.2 - Un lugar seguro

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Había colocado la tela de tres metros de largo entre el árbol del patio trasero y la pared medianera, formando una sólida hamaca

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Había colocado la tela de tres metros de largo entre el árbol del patio trasero y la pared medianera, formando una sólida hamaca. No tenía ánimos de colgarla de las ramas y hacer acrobacias, o de bajar y utilizar los patines que todavía tenía calzados —y que pesaban como el diablo—, siquiera de hacer malabares con las pelotas de goma que para eso tenía en las manos. Las deslizaba sobre mi vientre con desgano, sin más.

Tenía frío, también calor, y un profundo deseo de dormir a la vez que estaba hasta la coronilla de pasar las horas encerrada en mi pequeña habitación. Sin embargo, también me irritaba la brisa pasajera.

Habían pasado años desde la última vez que me recosté ahí sin Mecha y un canuto en la mano.

Meg dormía a las grandes junto a las raíces del árbol. Respiraba profundo, cada tanto pateaba como si soñara que corría. Tadeo no lo decía, pero sabía que él tenía cierta participación en lo pegada que se encontraba su perra a mí. Hubo días en los que desperté y me encontré con que él se había ido sin ella, dejándola para hacerme compañía. Yo apreciaba el gesto en secreto.

Podía oírlo hacer cosas en el garaje desde allí, Dios sabía qué. Algunas veces caía alguna herramienta y las orejas dormitadas de Meg se alzaban en alerta. Se incorporaba un instante para verificar que no había peligro, entonces regresaba a su sueño perruno.

Mamá se asomó por la cocina, con el uniforme de su trabajo puesto. Me tensé bajo mis brazos cruzados. Esperé que fuera a ver a su hijo favorito, como siempre, pero se dirigió a mí.

No era especialmente alta, tampoco del todo baja, no era gorda o flaca, no tenía la piel morena como tampoco la tenía blanca, su rostro no era femenino como tampoco masculino. Tenía el cabello recogido en un moño desgarbado, el gesto cansado de cuando apenas regresaba de trabajar, aunque la había oído llegar rato atrás.

Yo nunca me había aprendido sus horarios y labores como Tadeo sí. Salía temprano para su trabajo como repositora en una gran cadena de supermercados y luego, algunos días puntuales, trabajaba en algunas casas que la contrataban para limpiar. Entre ella y Tadeo, el dinero no sobraba, pero era suficiente para vivir. Si ella no podía pagar algo, que sucedía con frecuencia, Tadeo se hacía cargo. De hecho, no recordaba haberlo visto utilizar su dinero para capricho alguno; lo que le sobraba, lo gastaba en la camioneta o en pagar las deudas que yo le dejaba. Ni siquiera en libros, ya que los sacaba todos de la biblioteca.

Mamá se mostró tan vacilante como yo al acercarse.

—Hay un par de chiquillas preguntando por ustedes —dijo, con ese tono insinuante que pretendía invitarme a dar alguna explicación.

—Diles que no estoy —gruñí.

Su expresión inquisitiva era idéntica a la de Tadeo.

—Son lindas chicas, ¿segura de que no quieres pasar a saludarlas? Una parece particularmente interesada en saber cómo estás.

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora