42 - Las chicas que nunca fueron amigas

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«¿Dónde está Elilia?»

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«¿Dónde está Elilia?».

Los rumores decían que Charlotte era brillante, una mujer implacable, imposible.

Y lo era; era imposible, como todo rumor. Los rumores eran poderosos, mientras que las personas detrás de ellos eran solo eso: personas.

La chica que me confesó lo que necesitaba de mí no era la leyenda que pintaban en las calles, era una chica que necesitaba alguien que deseara lo mismo que ella. Tadeo odiaba la leyenda de su nombre por lo mismo que odiaba las mentiras; no había nada real en ella. Por el mismo motivo, no creí que odiara a la persona real detrás.

Así que no, no podía confiar en el juicio de Tadeo, si él odiaba a la leyenda de la misma chica —la misma mujer— a la que se veía atraído como un imán.

«Sácala de allí antes de que sea tarde».

La chica que yo conocí en la azotea del Refugio era la realidad, y estaba lo bastante desesperada como para contar conmigo.

«¿Por qué yo?».

La chica que yo conocí estaba rota, a un nivel que ya no tenía nada por perder.

«Mi hermano y mi novio lo intentarán, pero será inútil si nadie saca a Elilia de allí primero, y tú amas a tu hermano y a tu novia tanto como yo a los míos».

Cuando era niña, tenía una fascinación por los superhéroes. Leía cómics y creaba los míos propios, y me sentaba a ver a mi hermano, que era el mayor superhéroe de todos. Quería ser como él.

Siempre que estuviera al borde del abismo, sabía que él aparecería para salvarme. Era hora de devolverle el favor.

«¿Es seguro?».

Pasé las bengalas de humo de una mano a la otra. El papel comenzaba a desprenderse por la manipulación y el roce de mis uñas desiguales cada que lo sujetaba y soltaba.

«Ni de cerca, pero tendrás una oportunidad si haces exactamente lo que te diré».

Volteé hacia el grupo que me seguía. Ansiosos, impacientes. Se contenían a duras penas solo porque se tenían entre ellos para hacerlo, sus chistes guarros y promesas vacías. Me encontré con los ojos centelleantes de Mecha entre ellos. Parecía haberse olvidado de todos sus resentimientos ahora que le estaba ofreciendo su propio caos personal.

«Da igual, dime cómo sacarla de allí».

Una explosión sacudió la ciudad. Por reflejo, volteé en dirección del estallido, pero la oscuridad de la noche cubría todo rastro de humo que pudiera unirse a las nubes. Poco después, otro estallido le siguió. Y otro.

El rumor de un escándalo lejano me alcanzó a los oídos y se vio cubierto por los gritos eufóricos de quienes me acompañaban. Desde atrás, un cuerpo se estrelló contra el mío y me empujó hacia delante, haciendo deslizar la patineta bajo mi pie un par de centímetros. El cabello arruinado de Mecha se balanceó hacia delante y cubrió por un momento la pantalla hecha trizas del móvil que me enseñó. Deslizó una a una las grabaciones.

Solvente de mariposaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora