[Esta es una segunda parte, lee la sinopsis at your own risk]
Lo único de lo que se habla en la ciudad es del Gran Incendio. Tadeo es la cara del caos, sin importar cuánto lo niegue, y Cherry no está nada contenta con el asunto.
Mientras tanto, Wal...
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La reina se mueve como quiere
pero no puede contra un caballo
que da saltos que ella no comprende
y que clama en su propia corona un...
No sabía con qué palabra acabar el poema. En sí, lo sabía terrible. Encontrándome en un callejón sin salida, taché el recibo entero, molesto con el resultado, y saqué el encendedor del bolsillo. Bajo la mirada de Franco, quien caminaba en círculos a lo largo del pasillo con el teléfono en las manos, encendí una pequeña llama en el papel de textura plástica y lo dejé en el suelo para que el fuego consumiera el terrible verso.
Franco se detuvo de repente, perplejo. Sus ojos reflejaban la luz de la pantalla.
—Creo que murió.
Apreté la quijada, incapaz de moverme. Miraba con atención la llama mientras esperaba.
Un movimiento en las camas me alertó del acercamiento de Elizabeth. Esta cruzó las largas piernas por encima de la ventana abierta y se sentó a mi lado, de espaldas a las chicas. El viento corría entre nosotros, como marca del tiempo que pasaba pesado.
Franco volvió a respirar.
—La reanimaron.
Pisé el recibo, apagando la llama que quedaba y permitiendo que el aire se llevara las cenizas a lo largo del pasillo exterior.
—No importa, ya tenemos lo que necesitábamos.
Franco evitó hablar al respecto. Decidió dar la vuelta y regresar al cuarto.
Liz esperó a que me olvidara de las cenizas que me cautivaban, pero no pasó.
—Y... ¿Quemar eso era necesario?
Resoplé. La chica no estaba habituada a iniciar conversaciones.
—Solía dibujar quemando jugo de limón para controlar las ganas de quemar algo —conté. Abrí las manos, como si se explicara solo—. Ahora no tengo limón, de alguna forma tengo que controlar la ansiedad.
—Oh, ¡comprendo! —Asintió varias veces, como si estuviera internalizándolo.
—¿Qué quieres preguntar, Liz?
La chica se ruborizó, avergonzada por su torpe interacción.
—Es que no lo entiendo. Si no importa que sobreviva, ¿por qué querías matarla?
Observé al par de chicas que dormían a nuestras espaldas. Con el dedo le hice una señal a Liz para que me siguiera, caminando por el desierto pasaje en dirección a las escaleras. Meg saco la cabeza por la ventana y, al vernos partir, hizo un pequeño y complicado salto a pesar de mis chisteos. Con la cola meneándose detrás en alegres movimientos, caminó detrás de nosotros.