La relación entre los hermanos no hizo más que ir en decadencia, día tras día, las palabras compartidas eran menos. Regulus estaba bastante ocupado manteniendo "charlas importantes" con su madre, que eran más bien una serie de mensajes repetitivos y amenazas. En realidad, nunca había visto a Walburga tan ansiosa como los días antes de que él ingresara a Hogwarts, así como nunca la vio tan triste como al enterarse que el mayor de sus hijos había sido seleccionado en Gryffindor. En un parpadeo, el pasar del tiempo les hizo llegar al 31 de agosto, un día antes de partir a Hogwarts, en esta ocasión, juntos.
Antes de que dieran las 12 am, escuchó tres golpes en su puerta, y aunque sabía que se trataba de Sirius, no movió ni un solo musculo de su cama. Otros tres golpes, misma reacción. Volvió a cerrar sus ojos, y no creyó que el placer del silencio le duraría tan poco, remplazándole con un desesperante deseo por volver a escuchar su puerta. Pasaron cinco minutos y no hubo nada, jamás había sido testigo de su hermano rindiéndose tan rápido, y eso le desconcertaba.
Dejó su cama, sin hacer un solo ruido en su camino a la puerta, para apoyar su oreja contra la madera fría de esta, esperando escuchar el más mínimo sonido que indicara que seguía en el pasillo, después de todo, 'silencio' y Sirius Black no se conocían.
Estuvo a punto de regresar, cuando escuchó apenas un golpe, que le llevó a abrir la puerta a la velocidad de un rayo.
—¿Qué quieres?
—Reggie... espero que entres a Slytherin.
—Sí, no te preocupes.
—Solo quiero que sepas que estar en diferentes casas no nos vuelve enemigos.
—Sí, buenas noches.
—Sé que no puedes dormir —canturreó, metiendo el pie para evitar que la puerta se cerrara.
Volvió a abrirla por completo, observando la estúpida sonrisa de su hermano, y permanecieron congelados, como una fotografía, por un buen rato, hasta que Regulus soltó un suspiro, permitiéndole el paso.
—No ronques, ¿de acuerdo?
—Nop.
Ambos tomaron lugar bajo las sábanas, y si Regulus había maldecido al falso insomnio durante 4 horas, lo había olvidado en el momento en que su hermano le hizo piojito, provocando que cayera dormido en tan solo dos minutos.
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La estación 9¾ se llenaba de más y más infantes ansiosos y adolescentes gritones. Debía ser terrible no tener con quien sentarse en el tren, pensó.
Las despedidas emotivas no eran el fuerte de sus padres, por lo que se limitó a hacer una pequeña reverencia, la cual Sirius imitó con burla.
—Regulus —llamó Walburga, haciéndolo reincorporarse mientras le veía con ojos expectantes—. Entra a Slytherin o Kreacher estará muy triste.