43. Snape no aprende

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Al final, la persona que fue capaz de reconfortar a Remus y ayudarlo a avanzar en medio de tanta neblina mental, fue Lily Evans.

Regulus lo supo porque no podía evitar observar al Gryffindor desde la distancia, como sabía hacerlo, solo para notar pequeños cambios o indicios de que estaba mejorando, y que en algún momento terminaría perdonando a Sirius.

Fue cuando notó lo cercanos que realmente eran aquellos dos, tanto, que llegó a cuestionarse si había más de un merodeador enamorado de la pelirroja.

Sintió celos. Nunca lo diría en voz alta, ni siquiera podía decírselo a sí mismo, prefería llamarle "náuseas", a aquel revoltijo en su estómago que le hacía presionar sus puños y desviar la mirada con incomodidad.

No era que quisiera la atención de Lupin y Potter (la quería), o que creyera que Evans tenía muchas cualidades (que las tenía) de las cuales estar celoso (lo estaba). Simplemente le gustaba la idea de ser un objeto digno de atención, aunque alegara que la soledad le hacía sentir cómodo, estaba hambriento de tacto y anhelo.

Así que, cuando veía a Potter perdiendo la cabeza por ella después de cada rechazo, o a Lupin apoyándose en su hombro para hablar de lo que le dolía; no podía evitar sentir odio. Incontrolable, absurdo y enorme odio por Lily Evans.

Y ella podía notarlo. Antes, creía que era una tontería de niños, pero ahora ella tenía dieciséis recién cumplidos y más conocimiento del mundo mágico. Estaba convencida de que la odiaba por su condición de sangre, y que pudo siempre ser así desde un principio.

Lily no se echaba atrás. Estaba dispuesta a defenderse, sin importar el "grandioso" apellido de un mago, o cuánta influencia tuvieran sus papis en el ministerio. Si había alguien a quien no podía humillarse, era a ella.

Siempre estaba lista para correr en defensa o apoyo de sus amigas, e incluso de quienes no conocía. Detestaba las injusticias y podía ser bastante ruda si alguien cruzaba sus límites. Después, podías encontrarla riendo con sus amigas, ayudándolas a maquillarse y enseñándoles todo sobre las celebridades del mundo muggle. Y le gustaba bailar, ese era un hecho que, por algún motivo, Regulus había decidido guardar en su mente.

Una vez soñó que la chica bailaba dentro de un círculo de fuego, y que las llamas la abrazaban, sin herirla, como si le pertenecieran, robándose toda la luz. Y él corría hacia las llamas, como si en el sueño, el fuego no pudiera herirlo, pero lo hacía. Dolía cada vez que intentaba entrar. Y ella, con su vestido blanco, observaba como el lugar se consumía en la oscuridad hasta no quedar absolutamente nada, más que ella en el centro.

Ese año, ella se había convertido en comentarista de los partidos de Quidditch, y eso se había vuelto un dolor de cabeza para Regulus, quien le rogaba a Barty para que le dejara usar un hechizo que lo dejara sordo durante todo el partido, pero él solo le recalcaba lo dramático que era.

Así que, a esas alturas, era difícil escapar de su presencia. Una encantadora joven, como solía decir el profesor Slughorn, siempre llamara la atención a dónde vaya.

Ni siquiera podía encontrar un motivo personal y válido para odiarla. ¿Ser sangre sucia? No los odiaba, no realmente, aunque disfrutaba de recordarles su penosa posición y la aparente superioridad que tenía sobre ellos, no estaba 'personalmente' atacado por el estatus de sangre. Podía ser una excusa, pero no era suficiente.

Ella incluso era buena con Pandora. Su amiga solía hablar maravillas de ellas, Lily, Mary, Marlene y, obviamente, Dorcas, quienes la habían ayudado a desenvolverse un poco más y, por ridículo que pareciera, las personas eran incluso agradables con Pandora cuando estaba en compañía de ellas.
Porque cuando estaba con Barty, Evan y Regulus, las personas preferían fingir que no existía, y quizás era lo mejor, pues cualquiera de los tres mataría por ella.

𝐑𝐀𝐌É ↬𝐉𝐞𝐠𝐮𝐥𝐮𝐬Donde viven las historias. Descúbrelo ahora