POV: Atenea
El día de la revelación de mi bebé por fin llegó. Antes de irnos, termino de retocar mi maquillaje y admiro mi rostro en el espejo de mi tocador; la iluminación hace resplandecer los sutiles brillos que llevo.
Los nervios los siento a flor de piel, la espera se me ha hecho eterna. De repente, siento una intensa miradita detrás de mí. A través del espejo veo a mi hermoso niño, ya arreglado, mirándome con cierta inquietud.
- ¿Sucede algo, mi vida?
- ¿Puelo pasal? -pregunta dudoso.
Después de aquella vez que, sin querer, le alcé la voz, ahora pregunta antes de hacerlo.
- Claro que sí, ven, amor.
Camina abrazado de ese osito que últimamente lleva a todos lados con él. Cuando está a un lado mío, lo siento en mi regazo y acaricio su cabellito.
- ¿Todo en orden? -Se oculta en mi cuello ante mi pregunta, y basta con eso para saber que no-. ¿Qué sucede, bebé?
Le hablo tan suave que aquello lo hace romper en llanto. Suspiro ante eso. Una de las cosas que más caracterizan a mi hijo es lo sensible que puede ser cuando está conmigo o con su padre. No me molesta en lo absoluto, al contrario, me gusta que sea expresivo y se sienta seguro de mostrarse así con nosotros.
Lo consuelo mientras pienso en su crianza y en los múltiples comentarios que me hacen respecto a ella. Después de la obra caritativa del orfanato, no hay día que la prensa y los periódicos no dediquen un apartado dirigido a mí y a él.
Cuestionan y señalan sus berrinches, la sobreprotección que todos tenemos sobre él, lo mimado que está y lo malcriado que puede llegar a ser.
Mentiría si dijera que no me afectan o que no he llorado por ellos una que otra vez. Pero no puedo evitar criar a mi hijo de esta manera cuando su padre y yo crecimos de ese modo. Principalmente yo.
Todos los recuerdos de mi infancia al lado de mis abuelos son mi modelo a seguir con mis hijos.
- ¿Qué te pasa, amorcito? ¿Algo te hizo sentir mal? -Su cabecita asiente, y lo abrazo un poco más fuerte-. ¿Y qué fue...?
- ¡Yo no quielo un niño!
He ahí mi angustia más grande de estas últimas semanas.
He intentado hablar con él y explicarle mil veces que no lo decido yo. He intentado que se abra a la idea, pero nada funciona.
- ¿Por qué?
- ¡Polque no!
- Bueno, así como dices querer una hermanita, debe haber un motivo por el cual no quieras un hermanito -tomo un pañuelo y limpio sus lágrimas a medida que salen-. A mí, por ejemplo, ambas ideas me encantan.
- ¡Solo quielo sel el único!
Esa es una razón bastante Morgan.
- Todos los niños son únicos, amor -aclaro, pero mi respuesta no le gusta y se desespera aún más.
- ¡Si no es niña, no lo voy a quelel! -sentencia-. ¡Y no quielo que viva conmigo!
No negaré que su rechazo me duele; me hace recordar el día que se enteró del embarazo.
- Yo te enseñaré a quererlo.
Se aparta ofendido de mí y sus ojitos van a mi vientre.
Su mirada se torna recelosa, intenta irse, pero lo detengo.
- ¡Suélta! ¡Tú no me quieles! -Mueve su cabecita frenético, repitiendo lo mismo miles de veces.
- Oye, basta de decir eso -tomo su rostro entre mis manos-. Sé que aún estás muy chiquito para entender, pero tienes que escucharme.
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Siempre fuiste tú
Ficción GeneralAtenea Guzmán de la Torre: Una mujer perfecta no solo físicamente, con tan solo 25 años de edad es una empresaria multimillonaria exitosa, también es una de las mejores comandantes que la FEMF ha tenido. Christopher Morgan Harts: Un hijo de puta (có...
