CAPITULO 103

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POV: Atenea

El día de la revelación de mi bebé por fin llegó. Antes de irnos, termino de retocar mi maquillaje y admiro mi rostro en el espejo de mi tocador; la iluminación hace resplandecer los sutiles brillos que llevo.

Los nervios los siento a flor de piel, la espera se me ha hecho eterna. De repente, siento una intensa miradita detrás de mí. A través del espejo veo a mi hermoso niño, ya arreglado, mirándome con cierta inquietud.

- ¿Sucede algo, mi vida?

- ¿Puelo pasal? -pregunta dudoso.

Después de aquella vez que, sin querer, le alcé la voz, ahora pregunta antes de hacerlo.

- Claro que sí, ven, amor.

Camina abrazado de ese osito que últimamente lleva a todos lados con él. Cuando está a un lado mío, lo siento en mi regazo y acaricio su cabellito.

- ¿Todo en orden? -Se oculta en mi cuello ante mi pregunta, y basta con eso para saber que no-. ¿Qué sucede, bebé?

Le hablo tan suave que aquello lo hace romper en llanto. Suspiro ante eso. Una de las cosas que más caracterizan a mi hijo es lo sensible que puede ser cuando está conmigo o con su padre. No me molesta en lo absoluto, al contrario, me gusta que sea expresivo y se sienta seguro de mostrarse así con nosotros.

Lo consuelo mientras pienso en su crianza y en los múltiples comentarios que me hacen respecto a ella. Después de la obra caritativa del orfanato, no hay día que la prensa y los periódicos no dediquen un apartado dirigido a mí y a él.

Cuestionan y señalan sus berrinches, la sobreprotección que todos tenemos sobre él, lo mimado que está y lo malcriado que puede llegar a ser.

Mentiría si dijera que no me afectan o que no he llorado por ellos una que otra vez. Pero no puedo evitar criar a mi hijo de esta manera cuando su padre y yo crecimos de ese modo. Principalmente yo.

Todos los recuerdos de mi infancia al lado de mis abuelos son mi modelo a seguir con mis hijos.

- ¿Qué te pasa, amorcito? ¿Algo te hizo sentir mal? -Su cabecita asiente, y lo abrazo un poco más fuerte-. ¿Y qué fue...?

- ¡Yo no quielo un niño!

He ahí mi angustia más grande de estas últimas semanas.

He intentado hablar con él y explicarle mil veces que no lo decido yo. He intentado que se abra a la idea, pero nada funciona.

- ¿Por qué?

- ¡Polque no!

- Bueno, así como dices querer una hermanita, debe haber un motivo por el cual no quieras un hermanito -tomo un pañuelo y limpio sus lágrimas a medida que salen-. A mí, por ejemplo, ambas ideas me encantan.

- ¡Solo quielo sel el único!

Esa es una razón bastante Morgan.

- Todos los niños son únicos, amor -aclaro, pero mi respuesta no le gusta y se desespera aún más.

- ¡Si no es niña, no lo voy a quelel! -sentencia-. ¡Y no quielo que viva conmigo!

No negaré que su rechazo me duele; me hace recordar el día que se enteró del embarazo.

- Yo te enseñaré a quererlo.

Se aparta ofendido de mí y sus ojitos van a mi vientre.

Su mirada se torna recelosa, intenta irse, pero lo detengo.

- ¡Suélta! ¡Tú no me quieles! -Mueve su cabecita frenético, repitiendo lo mismo miles de veces.

- Oye, basta de decir eso -tomo su rostro entre mis manos-. Sé que aún estás muy chiquito para entender, pero tienes que escucharme.

Siempre fuiste túDonde viven las historias. Descúbrelo ahora