42. Tabú

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Llegaron al pueblo donde vivía la prima de Arianne en la tarde, casi que desplomándose del cansancio, adoloridos y malhumorados, queriendo sólo descansar. Alina apenas podía pensar, sus ojos se cerraban y cuando Mayra dijo que irían directo a hablar con la prima de Arianne, casi se puso a llorar.

Nadie la contradijo, nadie tenía fuerzas. Incluso Dai que había dicho que se separaría de ellos al momento de llegar, agotado de mantener la ilusión de cien enmascarados, no se opuso y la siguió resignado. Alina le tomó la punta de la trenza casi como acto reflejo, olvidándose de lo que había pasado la última vez que lo había hecho. Esta vez, Dai simplemente se detuvo como considerando lo qué hacer para continuar su paso al ritmo de Alina, sin emitir palabra ni mirarla.

Habían corrido durante días en esas horribles túnicas de los enmascarados que casi no dejaban ver alrededor, perseguidos por grupos de la sombra pero gracias a la ilusión de Dai habían logrado continuar su camino. La suya era un poco diferente a las de los logianos, no sólo cambiaba su forma sino que intentaba disimularlos en el alrededor.

Mayra, que siempre se quejaba de tener que caminar incluso un par de metros, parecía invadida por una fuerza externa y su energía parecía no agotarse. Varias veces debieron de recordarle que debían descansar o comer algo pero luego de disculparse volvía a caminar como hipnotizada hacia el pueblo.

Alina pensó que iban a preguntar en la taberna cómo dar cuenta con la señora a la que iban a ver, pero Mayra parecía saber muy bien a dónde iba. La siguieron por las callejuelas desordenadas, algunas incluso sucias y con olor a orín hasta llegar finalmente a una pequeña morada de piedra con techo de paja. De su chimenea salía humo y aroma a estofado que hacía crujir la panza de Alina, pero dentro de ella se oían llantos y gritos de regaños.

Mayra tocó la puerta vigorosamente.

—¿QUIÉN LLAMA? –gritó una voz irritada entre gritos más agudos.

—Necesitamos hablar con usted, es sobre Arianne –respondió Mayra.

La puerta se abrió de un golpe dejando ver a una mujer en la mitad de su vida, desalineada, con el cabello graso y grandes ojeras bajo sus ojos. En su brazo mecía un bebé que no paraba de llorar y detrás de ella se podían ver varios niños gritando, riendo y llorando que poco a poco fueron dejando sus juegos y caprichos para atender a los extraños visitantes.

—¿Arianne? ¿Traen noticias de Arianne? –preguntó la voz esperanzada.

—En realidad, veníamos a buscar noticias sobre ella. Necesitamos su ayuda para un tema de la mayor importancia y urgencia –esta vez fue Elio quién respondió.

—¡¿Quién los envió?! ¿Fue Randal? Pueden decirle que se pudra de viejo –espetó la mujer cerrando con un portazo la puerta.

—Dai, por favor, saca la ilusión de mí –pidió Mayra.

—Si lo hago todos te reconocerán.

Su cansancio había amoldado un poco su personalidad cínica, o quizás fuese que como estaba a punto de irse tampoco quería gastar sus energías en discutir. De un segundo para otro, la figura enmascarada regordeta que era Mayra, volvió a ser esbelta y brillante emanando tranquilidad. Tocó de nuevo la puerta, igual de vigorosamente.

—¡FUERA DE MI PROPIEDAD! ¡LES HE DICHO MIL VECES QUE NO SE DONDE ESTÁ ARIANNE Y SI SUPIERA NO SE LO DIRÍA! –gritó la mujer abriendo la puerta con el bebé haciéndole eco a sus gritos.

—¿Sabes quién soy? ¿Me reconoces? –preguntó Mayra bajando su capucha y dejando al aire libre su luminoso rostro.

La mujer estaba distraída gritándole algo a uno de los niños dentro de la casa, pero cuando hizo foco en el rostro de Mayra el asombro la invadió y tapó su boca con su mano sorprendida. El bebé dejó de llorar y eso llamó la atención de todos los niños dentro, y el escándalo del interior de la casa enmudeció.

Maestra del AlmaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora