Durante la mañana del día siguiente sentí como alguien me observaba todo el tiempo que estuvimos en clase. Sabía que era Martín, por eso no me di la vuelta para lanzarle una mirada que haría que se le quitaran las ganas de seguir mirando. Pude notar que lo hacía porque quería hablar conmigo, pero no estaba seguro de si debía hacerlo.
Nunca se acercaba a mí cuando uno de sus amigos estaba cerca. Lo entendía y no lo culpaba por ello, pertenecer al grupo de los populares tiene un precio. Además, era mejor así, no quería que corrieran rumores o que la gente empezar a hacerme preguntas.
Al salir de clase me puse en marcha hacia el restaurante al que iría a comer. Sentí que unas pisadas veloces se aproximaban, llegó a mi lado y después de recuperar el aire perdido en la carrera empezó a hablar.
— ¿A dónde vas a ir a comer? —dijo Martín, sin haber recuperado del todo el aliento.
— Voy a un restaurante que está en la esquina de tu calle, no sé cómo se llama.
— ¿Prefieres venir a comer a mi casa? Así no perdemos tanto tiempo y, aunque no soy el mejor cocinando no se me da mal del todo. Además así tendrás que gastarte dinero —no estaba muy seguro de cuál sería mi reacción, pero me lo preguntó de todas formas.
— Gracias, pero no quiero molestarte ni hacerte cocinar por dos.
— No me molestas, además, así ya no como solo y si quieres me puedes ayudar.
Discutir sería perder el tiempo así que acepté.
— Vale, pero te advierto que no soy buena cocinera.
— No importa, yo te enseño —una sonrisa enorme y radiante se dibujó en su rostro.
Eso me hizo recordar que yo no podría devolverle el gesto porque era incapaz de sonreír, aunque lo intentara con todas mis fuerzas. Solo esperaba que no lo viera como un gesto de hostilidad.
Llegamos a su casa, vivía en un piso grande para la zona en la que se encontraba, estaba a no mucha distancia del centro de la ciudad. Por dentro era un piso ordenado, sin demasiados muebles, pero acogedor.
— Bienvenida a mi hogar, espero que sea de tu gusto.
— Tienes un piso muy bonito y ordenado. Es acogedor —a diferencia del orfanato que es grande y vacío y lo único que lo hace acogedor es el esfuerzo de Melisa, pensé.
— Gracias. Deja ahí las cosas —dijo mientras señalaba un perchero de madera que había en la entrada— y empezamos a cocinar.
Lo acompañé a la cocina, yo casi no hice nada. Me dediqué a observar cómo trabajaba y lo ayudaba cuando me lo pedía. Se podía notar que estaba acostumbrado, yo sería incapaz de cocinar nada sin quemarlo o quemarme, ni siquiera unos simples espaguetis, en cambio mataba Sombras con los ojos cerrados.
Nada más terminar de comer fuimos a su cuarto, sus paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de libros hasta el techo.
— Pensaba que eras un adicto al fútbol y a esas cosas que os gustan a los populares.
— No me gustan "esas cosas que les gustan a los populares", sabes que no es así y también sabes por qué lo hago —lo dijo con total seguridad.
— ¿Cómo puedes estar tan seguro de que lo sé?
— Porque tú lo sabes todo y es imposible engañarte, ves todo lo bueno y lo malo que hay en cada persona con solo observar pequeños detalles de su comportamiento en los que nadie más se fija.
Su respuesta había sido completa y acertada, aprendía rápido. Era listo, eso le ahorraría muchos problemas.
— Bien, pues pongámonos a trabajar —dije para no perder más tiempo.
Dividimos el trabajo por partes y lo distribuimos en orden de importancia. Cuando decidimos que habíamos hecho suficiente y que se aproximaba la hora a la que me tendría que ir se atrevió a contarme lo que le atormentaba.
— Creo que por hoy hemos trabajado suficiente —dijo Martín con voz cansada—, ¿te parece bien que quedemos el sábado por la mañana para seguir con el trabajo?
— Me parece bien, cuanto antes terminemos mejor —dije citándolo.
— Genial —respondió con un entusiasmo que se apagó al momento.
— ¿Qué te pasa? Puedes confiar en mi si quieres, no se lo diré a nadie, ya lo sabes.
— No creo que me vayas a creer —dijo con un poco de miedo por ser juzgado.
— Me subestimas. Cuéntamelo, no te lo calles o la duda cada vez será mayor.
— Ayer me quedé dormido después de comer y tuve una pesadilla en la que vi como mi casa ardía con mis padres y conmigo dentro. Desperté de repente y sentí la cama fría —en ese momento supe de qué estaba hablando— me levanté para ver qué era y vi escarcha encima del colchón, pero me froté los ojos y, cuando volví a mirar, no quedaba trasto de la escarcha.
— ¿Estás seguro de que pasó de verdad?
— Sí, estoy completamente seguro, ¿me crees?
— Sí, te creo.
En ese momento se estaba formando una batalla de sentimientos en mi interior, por un lado me sentía bien porque entendía lo que le pasaba y porque le podría ayudar, pero por otra parte ahora estaba más preocupada por él. Pensé que sería buena idea esperar un poco para explicárselo todo.
— Fue muy extraño, me siento raro desde entonces.
Es normal, descubrir que puedes hacer magia te afecta incluso si no eres consciente de ello, tu cuerpo sí lo sabrá e intentará asimilarlo como pueda adaptándose a tu nueva habilidad.
— Si te vuelve a pasar algo así dímelo.
— Lo haré dijo con tono preocupado.
Cuando fue la hora de marchar me despedí, Martín quiso acompañarme, pero no le dejé. Me pasé el resto del día pensando en lo que me había dicho mientras me encargaba de las Sombras.
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Lucha entre las Sombras
FantasyLa oscuridad acecha en todas partes. A veces nos consume y nos transforma en unos extraños, robándonos nuestros recuerdos. A Leonor la oscuridad le robó su pasado y ahora tendrá que recomponer las piezas esparcidas de la memoria. Mientras tanto libr...
