(16) Martín

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Leonor luchaba todos los días para salvar la vida de gente que ni siquiera la conocía, que ni siquiera se preocupaban por ella y que nunca le agradecería sus esfuerzos. Se dedicaba a salvar la vida de todos aquellos transeúntes que a diario paseaban por esas calles, ignorantes de lo que estaba sucediendo en realidad.

Cuando me dijo que la siguiese y me hizo presenciar aquella batalla me asusté, tenía miedo, no sabía de qué, solo que estaba aterrado ante lo que presenciaba. Cuando vi a Leonor congelar a esos seres que ella llama Sombras supe que la temía, temía a Leonor. La quería, pero también me inspiraba miedo, era muy poderosa y sabía que, si la retaba tendría todas las de perder.

Mis ganas de ayudarla eran más fuertes que el miedo, por eso debía aprender lo antes posible a usar mis poderes. Quería ayudarla, es lo que llevaba intentando desde el principio. Siempre quise saber qué era lo que le atormentaba y ahora que lo sabía era incapaz de reaccionar.

Tras observar su forma de pelear me di cuenta de que la mayoría de ataques que utilizaba eran de fuego, no sabía por qué, así que se lo pregunté.

— Leonor, ¿por qué usas esencialmente ataques basados en fuego?

— Porque es mi especialidad, al igual que hay gente que es mejor en música que en otras cosas yo soy mejor con el fuego que con cualquier otro tipo de magia, aunque intento entrenarlas todas.

— ¿Cuál crees que será mi especialidad? —estaba seguro de que ella ya lo sabía.

— Eso lo debes averiguar tú —lo dijo sabiendo el porqué de mi pregunta—. Casi son las once, deberíamos ir a tu casa. ¿No querrás que tus padres lleguen allí y se preocupen por tu ausencia?

— Pero perderás tiempo acompañándome.

— Si consigo que aprendas algo mientras esperamos a que tus padres lleguen no será tiempo perdido.

Fuimos en dirección a mi casa, las calles estaban tranquilas y podía notar a Leonor más relajada que nunca. Llegamos a mi piso y nada más entrar fuimos directos a mi habitación. Yo me senté en mi silla y ella se sentó en mi cama.

— Bien, mírame a los ojos —ordenó sin sonar amenazante—. Lo que te voy a decir ahora es muy importante.

— Te escucho —contesté.

— Para poder controlar la magia a tu gusto no debes tratar de acumular todo tu poder o de concentrarte solamente en tu objetivo, eso te hará lento. Lo más importante es que no te dejes llevar por tus instintos o te volverás incontrolable —escuchaba todas sus palabras prestando mucha atención para que no se me escapara ningún detalle—. Para poder controlar todo lo que hagas necesitarás relajarte y estar seguro de lo que quieras hacer, de lo contrario no podrás reaccionar ante cambios que se produzcan a tu alrededor y tus hechizos serán menos efectivos. Al principio te costará relajarte para pensar con claridad, pero poco a poco lo lograrás.

— Creo que lo he entendido todo.

— Es más fácil de comprender si lo llevas a la práctica —aclaró.

Estaba muy nervioso, deseaba hacerme fuerte como ella, aunque sabía que sería muy difícil, casi imposible.

—Estoy ansioso por empezar —dije entusiasmado.

Me agarró de las manos y las puso a la altura de mis hombros, levanté la mirada y vi a Leonor mirándome fijamente a los ojos.

— ¿Preparado?

Asentí velozmente.

— Relájate e intenta hacer algo sencillo, como una pequeña llama, un trocito de hielo, intenta crear agua o simplemente déjate llevar —soltó mis manos y se echó un poco hacia atrás.

No pensé en nada en concreto, simplemente me relajé, pero, entonces recordé el sueño, vi a mi madre sollozar y desaparecer entre las llamas. De repente, salió hielo de mis manos de una forma agresiva y amenazó con atacar a Leonor llegando a rozar su mejilla.

— ¿Qué ha pasado Martín?

Volvió a agarrar mis manos, las suyas empezaron a calentarse mientras en hielo desaparecía. Estaba atónito, la calma de Leonor me hizo salir de mi asombro para poder reaccionar y contestarle.

— Yo intentaba relajarme, pero entonces el recuerdo del sueño llegó a mi mente como si lo viviera por primera vez y el miedo y la impotencia se apoderaron de mí —mi mirada se clavó en el suelo—. Sé que solo era un sueño pero, parecía tan real que tenía miedo de que ocurriese de verdad.

En ese momento, Leonor agarró suavemente mi cabeza con sus manos y la subió obligándome a mirarla a lo ojos.

— Tranquilo, estoy contigo y no permitiré que nada malo ocurra —dijo con la voz más suave y tranquilizadora que nunca había oído—. Recuerda que siempre podrás contar conmigo.

Se acercó lentamente a mí para darme un abrazo como, horas antes, se lo había dado yo a ella. Su abrazo me tranquilizó permitiéndome devolverle el gesto.

— Gracias —dije de corazón.

Pude notar que mi respuesta le agradó. Nos separamos despacio y Leonor empezó a hablar.

— ¿Te encuentras mejor? —preguntó con dulzura.

— Sí, ya estoy mejor.

— Inténtalo de nuevo.

Cerré los ojos y me relajé, recordé la suavidad con la que las manos de Leonor me agarraron para consolarme y en ese instante quise apagar la pared de fuego que nos separaba. Al abrir los ojos me encontré con un trozo de hielo que crecía poco a poco en la palma de mi mano, no sentía frío, era una sensación agradable.

— ¿En qué has pensado? —preguntó con curiosidad.

— Un mago nunca rebela sus secretos.

Una pequeña sonrisa escapó de sus labios. Dejé de hacer crecer el trozo de hielo y ella me lo arrebató.

— He de reconocer que lo has hecho muy bien, estoy orgullosa, pero demasiado frío para mi gusto.

Me lo pasó y, a diferencia de ella yo no lo sentía frío.

— Yo no siento que esté frío —dije extrañado.

— Cuando tú haces un hechizo te vuelves inmune a él, es decir, ningún hechizo que crees te podrá dañar.

— No sé si te he entendido —dije mientras la miraba con incredulidad.

— Por ejemplo —hizo aparecer fuego encima de su mano—, yo toco esta llama y no me quema, no me hace daño —dijo pasando su mano libre por dentro de la llama— pero, si tú la intentas tocar te quemarás —acerqué mi mano y enseguida noté como empezaba a sentir cada vez más calor a medida que me acercaba—, ¿ves?

Asentí y se me ocurrió un ejemplo para ver si lo había entendido.

— Entonces, ¿puedes meterte dentro de una bola de fuego que tú hayas creado que no te quemaras?

— Sí, más o menos, en el caso del fuego es más complicado, eso funcionaría si la llama no entrase en contacto con ningún objeto. Lo entenderás mejor más adelante.

— De acuerdo —respondí.

Mi oído se agudizó y pude sentir cómo la puerta de la entrada de estaba abriendo. Habían llegado mis padres.

Lucha entre las SombrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora